Bohórquez

Bohórquez

 

Con motivo del Día Internacional del Orgullo Gay que se celebra el 28 de julio, presentamos una breve muestra poética de Abigael Bohórquez, poeta considerado como uno de los más influyentes en la poesía mexicana actual, cuya obra fue escrita desde la disidencia sexual, la rebeldía retórica y el discurso homoerótico.

 

 

Exordio

 

POESÍA, desembárcame,
échame a tierra y léñame;
como a candil de sangre, enciéndeme,
que se sepa Tu Voz.

POESÍA, horádame,
ancla en mí, balsamízame,
sumérgeme en la luz líquida y lenta
de este trago de vino;
rescátame, tremólame,
tengo hambre de tu lanza en mi costado.

La Transfiguración, POESÍA.

Inúndame,
haz de mis huesos el temblor;
no tardes, tempestad,
golpea,
abre compuertas sin descanso al vértigo,
amor de mi niñez, POESÍA,
pertúrbame, combáteme,
mira mi corazón, préndele fuego,
deste derrumbe amante amasa el trino,
no hay tiempo que perder,
el sitio es éste, el corazón, oh, sed;
desuéllame, POESÍA,
asesta el golpe de debe abrir el surtidor,
quebrántame;
y en esta carne admonitoria,
carne de dar, devuélveme el niño aquel,
el niño aquel escarnecido y dulce
que lamía tus manos.
Oh, POESÍA, condúceme,
desgástame, desquíciame,
procede,
de donde estés, ordena,
y ponme a caminar.

 

 

 

Llanto por la muerte de un perro

 

Hoy me llegó la carta de mi madre

y me dice, entre otras cosas: —besos y palabras—

que alguien mató a mi perro.

“Ladrándole a la muerte,

como antes a la luna y al silencio,

el perro abandonó la casa de su cuerpo,

—me cuenta—,

y se fue tras de su alma

con su paso extraviado y generoso

el miércoles pasado.

No supimos la causa de su sangre,

llegó chorreando angustia,

tambaleándose,

arrastrándose casi con su aullido,

como si desde su paisaje desgarrado

hubiera

querido despedirse de nosotros;

tristemente tendido quedó

—blanco y quebrado—,

a los pies de la que antes fue tu cama de fierro.

Lo hemos llorado mucho…”

 

Y, ¿por qué no?

yo también lo he llorado;

la muerte de mi perro sin palabras

me duele más que la del perro que habla,

y engaña, y ríe, y asesina.

Mi perro siendo perro no mordía.

Mi perro no envidiaba ni mordía.

No engañaba ni mordía.

Como los que no siendo perros descuartizan,

destazan,

muerden

en las magistraturas,

en las fábricas,

en los ingenios,

en las fundiciones,

al obrero,

al empleado,

el mecanógrafo,

a la costurera,

hombre, mujer,

adolescente o vieja.

 

Mi perro era corriente,

humilde ciudadano del ladrido-carrera,

mi perro no tenía argolla en el pescuezo,

ni listón ni sonaja,

pero era bullanguero, enamorado y fiero.

A los siete años tuve escarlatina,

y por aquello del llanto y el capricho

de estar pidiendo dinero a cada rato,

me trajeron al perro de muy lejos

en una caja de zapatos. Era

minúsculo y sencillo como el trigo;

luego fue creciendo admirado y displicente

al par que mis tobillos y mi sexo;

supo de mi primera lágrima:

la novia que partía,

la novia de las trenzas de racimo y de la voz de lirio;

supo de mi primer poema balbuceante

cuando murió la abuela;

al perro fue en su tiempo de ladridos

mi amigo más amigo.

 

“Ladrándole a la muerte,

como antes a la luna y al silencio,

el perro abandonó la casa de su cuerpo

—dice mi madre—

y se fue tras de su alma —los perros tienen alma:

una mojadita como un trino—

con su paso extraviado y generoso

el miércoles pasado…”

Ay, en esta triste tristeza en que me hundo,

la muerte de mi perro sin palabras

me duele más que la del perro

que habla,

y extorsiona,

y discrimina,

y burla;

mi perro era corriente,

pero dejaba un corazón por huella;

no tenía argolla ni sonaja,

pero sus ojos eran dos panderos;

no tenía listón en el pescuezo,

pero tenía un girasol por cola

y era la paz de sus orejas largas

dos lenguas

de diamantes.

 

 

Crónica de Emmanuel

 

 

emmanuel,

cuando tú tengas treinta o cincuenta años de edad

y busques en tu memoria al que, en su piel de perro,

tuvo para tus sobresaltos el amor;

cuando ya hayas crecido

y te puedas permitir el llegar y ver tu corazón,

mira que si en tu vida

quedó algo de este pedazo crepuscular

de hombre triste que soy,

encuéntrale todo lo hermoso que entonces no entendiste

y ten, si puedes, una lágrima para él,

porque cuando venga otra vez el aire espeso de junio

y me haya ido

y tú regreses a ser el perfecto salterio,

el niño que se partió por la mitad

para entrar en la vida,

algo de mí andará en las cosas que te hiedren,

allá en el fondo del tiempaire,

sin mí, sin vernos,

y pensarás:

aquel viejo hombre.

 

emmanuel,

cuando ya esplendas fruto

y haya, tal vez en ese tiempo tuyo que reconocer

qué fue el poema,

y tengas una dulce canción que a nadie importe,

o una vara de medir,

o estas palabras de mala sombra,

o una categórica mudez,

o te halles de pie a la llegada de la nueva revolución

y seas uno de los que no lo puedan creer,

o aquel que esperaba otra cosa y no fue así,

o al engañado hasta por nadie y por él mismo,

o el que también a mi también a mi también

y esperes la otra nueva revolución

seguro de que será mejor,

o el que llegue a pisar por primera vez

estrellas que ahora no sabemos.

El que viaje a la luna como viajar ahora a Noland

y tu padre no exista,

el que descubra la verdadera vida eterna

o el que, de pronto,

cuando los barcos sean en desuso

y el mar una vieja postal,

haga posible otra vez el mar;

caerá del sueño aquello que tú fuiste

y entonces llegaré,

como raído imperio,

a traerte la melancólica edad donde hicimos flagelo,

rotura,

olvido,

oficio de olvidar;

guarda para que puedas alguna vez

mostrársela a los tuyos

esta húmeda labranza de poesía,

estas cosas del amor

como anís,

rosa,

paloma,

libertad,

y piensa que todo pudo haber sido de otro modo

si el mundo…

si los hombres…

si la vida…

si es que…

si la…

si…

 

 

 

Los dulces nombres I

 

No bastó que el silencio confirmara
sus nervuradas mocedades.
Ni bastó que la luz enjazminase
sus pendulares
atributos.
Ni que hacia mí sus pasos condujeran
rastros de algún incendio.
Ni la invasión total de su hermosura
en las avasalladas soledades.
Ni su pelo feraz ya levemente mío.
Ni sus ojos tabaco
de eficaces instantes.
Ni el reclamo
de lo que en su cuadril ruiseñoreaba.
Faltaba el mar, sus cómplices azogues,
sus empujes vitales,
el júbilo hamacal de sus vaivenes;
y el mar, bramal y salitrado,
doncel entre la luz, llegó lamiendo
aquella flor de carne entre mis manos.
Yo estaba sobre la ácida blancura,
junto a la desnudez total, súbdito y amo
de aquel cuerpo de almendras y de limo.
Oh, niño de la siesta, oh tierno, oh mío.

Recuerdo que subía del suntuoso verano
la rama intensa del calor.
Oh, Mórbido.
Oh huracánido.
Y ardió a besos el mar
entrambasaguas,
entrambazarpas,
entrambaspiernas descrifrantes del fuego
y los saqueos de insaciables discordias,
como barcos tundidos que el mar hunde o levanta,
como leños que anega y transfigura
perseverantemente.

Plenario fue el amor. Enardecido
el goce diluvial, la punzadura
del cuerpo bienherido, servidumbre.
Y sentimos el mar y sus reclamos
mío también diciendo
entre las ondas vulneradas.

Ahora,
lenguante el mar, bramal y salitrado,
profundamente canta en la memoria,
canta, mientras la vida,
con revuelta marea
rejunta entre sus aguas las aguas de este olvido.
Todo tiene su precio.
Y he pagado
con vejez o con lágrimas
aquel amor perdido.

 

 

 

Duelo

Vengo a estarme de luto por aquellos
que han muerto a desabasto,
por los rútilos o famélicos,
procurando saciar su corazón o su hambre,
cayeron en la trampa
eran flores de arena, papirolas,
artificios de bubble gum, almas de azogue,
veletas de discotheque, aleteos, dispendio,
pero eran también un alma, una palabra,
un esqueleto de pan y sal,
con rincones amables
como el tuyo o el mío, compañero,
un pensamiento hermoso o ruin,
más cosa como nosotros,
hechos un haz de sangre todavía
entre el verdor y el agua de la vida.
Vengo a estarme de luto
por aquellos
que recibieron prematuramente
su funeral de escándalo,
su ración, su camastro, su obituario velado,
pero más por aquellos
que, desde que nacieron,
son confinados, etiquetados, muertos
en sus propios rediles,
herrados, engrillados a un escritorio oculto,
a un cubículo negro.
Ah, caravana de las carcajadas,
carne desamparada de la arcaica matanza,
paredón de la pública befa,
arrimaditos, amontonaditos
en el muro del asco.
Vengo a estarme de luto
porque puedo.
Porque si no lo digo
yo
poeta de mi hora y de mi tiempo
se me vendría abajo el alma, de vergüenza
por haberme callado.
Qué natalicio nuevo de la ausencia,
qué grave el sol
apenitas ayer abeja de oro,
qué viento de crueldad este domingo,
qué pena.
Pero está bien;
en este mundo todo está bien;
el hambre, la sequía, las moscas,
el appartheid, la guerra santa, el Sida,
mientras no se nos toque a Él;
Ese no cuenta,
simplemente está Allá,
loco de risa,
próspero de la muerte,
a gusto.

 

 

Finale

 

Pero voy a partir,

aprendiz amantísimo

que ha sido carne cerca y desunida,

potrillo dulcemente conseguido,

niño sureal de corazón torado,

pero voy a partir,

acércate de nuevo,

búscame y estremécete,

desnúdate y traspásame,

gime y hazme gemir,

no me des tregua,

asuélame,

para bien, para mal, para cualquier suerte,

di palabras que no entienda, pero que necesito,

y en un estruendo líquido y profundo:

qué gana de morirnos en plenitud de buenos camaradas

que se han hecho el amor

como quien dijo: hágase la alegría,

y se hizo.

 

Milpa Alta, diciembre de 1970.

 

 

 

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***

 

Abigael Bohórquez (México, 1936 – 1995). Poeta sonorense. Estudió teatro y composición dramática en la Escuela de Arte Teatral del INBA. Entre sus libros figuran: La madrugada del centauro (Poema dramático, 1964); Canción de amor y muerte por Rubén Jaramillo y otros poemas civiles (Poesía, 1967); La hoguera en el pañuelo y Caín en el espejo (Teatro, 1967); Digo lo que amo (Poesía, 1976); Heredad. Antología provisional, 1956-1978 (Poesía, 1981); Poesía en limpio, 1979-1989 (Poesía, 1991); Navegación en Yoremito (Poesía, 1993); Poesida (Poesía, 1996); Las amarras terrestres. Antología poética,1957-1995 (2001). Durante años colaboró de forma permanente en diarios y revistas, tanto estatales como nacionales. Su poesía es una de las obras fundamentales de la literatura mexicana.

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