Poesía

Poesía | Cinco poemas de «Panteón familiar», nuevo libro de Ramón Iván Suárez Caamal

Panteón

 

 

Uno de los libros más personales de Ramón Iván Suárez Caamal (Calkiní, Campeche) es “Panteón familiar”. A continuación presentamos una muestra de este libro, con el cual, de acuerdo a Agustín Labrada, el poeta bacalarense “salda deudas de gratitud con sus antepasados difuntos”.

 

 

La plancha de fierro

 

A la plancha con herrumbre

la sostienen de su único brazo en jarras,

la rocían con llovizna

para que el vapor alivie las calores de la ropa en celo.

 

No importan los pormenores,

lo que vale es la mano al rojo vivo sobre los pechos de la blusa,

su deseo entre los pliegues de la falda,

los pantalones boca arriba o de bruces

sobre la tabla de planchar

a la espera de que los bese el diablo.

 

Luego que cumple su encomienda

la esfinge de fierro

permanece en las cenizas

ajena a todo goce.

 

 

 

El ropero

 

Huelen a humedad sus cajones llenos de recuerdos:

el cofre de latón con monedas, las pocas alhajas

de bisutería, las colchas, los vestidos de otras épocas.

Tiene óxido la llave que se nos prohibió

bajo pena de ir al purgatorio.

 

Cuando niño me encerraba en él para huir de mis culpas.

Un relámpago trazaba en los cristales

las antiguas cicatrices de sus muertos.

Hoy ese mueble no existe aunque sus puertas

abra y enseñe sus columpios.

 

A dónde irá a morir el elefante de madera,

quién se apiadará de su mole reumática en el cementerio de lo inútil.

Ropa recién planchada puede aliviar el corazón desvencijado del ropero,

quizá darle fortaleza en los días lluviosos cuando el agua nos pudre

[hasta el tuétano.

 

 

 

Grifo con herrumbre

 

Esa llave con ningún verso no ha dejado de fluir;

esa llave, gota a gota, derramándose,

esa nariz húmeda de infinito.

En vano recé por el perdón de la gárgola,

todos los cuartos se llenaron de musgo.

Oigo las pisadas de un animal en el techo,

algo con ventosas se acerca, nos cerca.

Al aire le dio asma,

pulmonía a los espectros de sus muros.

Te apretaré, grifo, hasta asfixiarte.

Giraré la cruz de hierro para detener el diluvio

que gota a gota nos convierte en pesado follaje.

Por fin un alma compasiva puso una cubeta

para colectar el llanto multiplicado por mil disculpas.

Heme aquí que con las fosas y párpados húmedos;

aquí, que con un rosario, un osario, un saurio

corro por laberintos y empujo hasta romper por dentro

el dado con esta llave que no es sino narices

de quien fue incrustado al muro y pugna por salir.

Un bosque de amibas crece en los cimientos,

una casa insufla sus paredes de cal y canto,

una casa se va a las nebulosas.

A esta nariz  aprieto

con pulgar e índice

para que no quede agua sobre agua.

 

 

 

Mis abuelos

 

Desde siempre mis abuelos fueron fantasmas.

Esa rama del árbol genealógico por alguna razón

o ninguna, se desgajó y yace en el olvido.

 

El padre de mi padre no dejó huella.

El padre de mi madre no existe.

 

Abuelos, su losa no tiene un epitafio.

 

Sus ausencias

no duelen.

 

¿Cómo podría doler lo que se desconoce?

 

 

 

Volver a los orígenes[1]

 

 

Por la ventana miro florecer el jícaro.

Cuando tenga en mi piel el verde de sus lunas,

sus hojas gruesas, su tronco rugoso,

bajaré a mis infiernos.

 

El jícaro es un puente a la Constelación del Lagarto.

Lo trepa un hombre y es un mono

extraviado en los mitos, un mono que no supo

escuchar la advertencia del tambor, una graciosa

bestezuela: en una mano, la luna verde; en la otra,

una flauta. Su cola, signo de interrogación.

 

Soy la tortuga anciana, piedra, no cuero, ojos entrecerrados

por siglos. Aquí es mi permanencia. No he de moverme

hasta que las constelaciones cambien de sitio lentamente.

Y si lloro, y si de verdad lloro, tengan piedad de la tozuda

con yelmo y cota desmoronándose en el cieno;

no me pongan boca arriba ante al preámbulo de la daga

que hará correr el río hasta las estrellas más distantes.

Los rombos de mi carapacho tienen el mapa de lo eterno,

soy frágil dureza en lo sólido de la fatalidad.

 

La lechuza es criatura del aire, en sus ojos

están las cuencas de una calavera; su graznido anticipa

el camino sin retorno. Gira el espanto

de este a oeste y su pico busca presa. Puedes ser tú

o nosotros. Cuando seas lechuza ulula a intervalos,

muestra las garras, lánzate al vacío, atrapa a tu víctima.

 

Los bejucos del coralillo enredan flores en piernas, torso,

brazos. Mi lengua bífida goza, con doble lanza, hendir el aire:

¡escolopendra! ¡escolopendra! Ah, piel viscosa de la lujuria,

aceites ungidos por la humedad del sexo, agridulces

labios como valvas. El lodo de los sin párpados

atrapa, nos atrapa en los círculos de los inmortales.

 

Si eres lagarto sabrás que tarascada

es instrumento de violencia. Los saurios

se aparean en el fango, sus crías de ojos saltones

merecen ternura. No es que mamá nos devore,

es que nos lleva en la barca doble de su hocico

a lugares más seguros. Con piel de lagarto,

con mirada de lagarto, con cola de lagarto

acecho. ¡Cuídate de los espolones de mi barca!

 

Azul la piel desnuda, doy una, dos, tres vueltas alrededor del poste

donde ataron al prisionero. Alanceo su sombra, sangro.

Llegan noticias de que los taimados Señores están molestos.

Sigo con mi danza. Doy una, dos, tres vueltas. El sol está conmigo.

Nos preparamos yo, ella, la rama dual, la razón y el instinto.

 

Bajo más: el Quebrantahuesos y el Señor de las Miasmas

están enojados y solicitan a los gemelos. No nos van a engañar.

No conversaremos con Los Falsos ni el murciélago

degollará al sol, a la luna para que rueden nuestros cráneos.

 

Nací de la saliva que preñó a mi madre,

de las jícaros verdes de los semidioses:

El gemelo de sí mismo, descubre su linaje

en el espejo de agua. Kimil, la muerte,

hizo con huesos un árbol nutricio, pastura

de las bestias, glifos en la piel de los códices.

 

 

[1] Vine de Xibalbá.

 

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PanteónRamón Iván Suárez Caamal. Calkiní, Campeche 1950. Radica en Bacalar, Quintana Roo desde 1983. Ha publicado más de 30 libros entre poesía, poesía para niños, narrativa, manuales de creatividad y libros de texto. Entre los premios que ha obtenido figuran el “Jaime Sabines” 1991, el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños, 2010, el Premio Internacional de Poesìa para Niños, Ciudad de Orihuela en España en 2011, el Primer Concurso Nacional de Poesía Ilustrada para Niños, 2013, Instituto Literario de Veracruz y el XII Premio Internacional de Poesía Infantil, 2014. Colección Luna de aire de la Universidad de Castilla- La Mancha.

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