“El circo de tres pistas” es el nuevo poemario de Ramón Iván Suárez Caamal dirigido para el público infantil y adolescente. A continuación presentamos cuatro poemas de esta nueva entrega de quien a ha construido una obra versátil y abierta al gusto poético de cualquier lector que se aventure a leer los versos del poeta bacalerense. 

 

 

 

 

El circo de Botero

 

        Fue como revivir mi infancia…

 

    Fernando Botero

 

En el circo de Botero las estrellas

son los elefantes: moles de hule espuma;

aquí no hay faquires, menos tragaespadas;

obesos, estallarían como globos.

 

Abundan mujeres gordas, demasiado,

en un sillón abanican sus calores.

Las rollizas esculturas del exceso

desparraman sus virtudes en la pista.

 

Una, sobre un monociclo haciendo suertes;

otra, sobre un percherón, en equilibrio;

una más en el trapecio se sostiene,

como un globo aerostático cruza en el aire.

 

Con mucho trabajo cabe el domador

—rechoncho melón de extraordinarias lonjas–

en su uniforme: los leones relamen

—por la gula— sus bigotes y colmillos.

 

¡Vaya!, hasta los tigres pesan lo pesado

y aún así en los aros brincan, con el riesgo

de que se atoren sus panzas, caigan, boten,

rueden estas enormes bolas de estambre.

 

La especialidad del circo, malabares:

por el aire van, vienen pianos de cola,

manatíes, ballenas, morsas, toneles

a las regordetas manos del cirquero.

 

En zancos quizá se pierda la gordura.

¿En zancos? ¡Es un peligro si se quiebran

y caen sobre el público estas obesas

jirafas! Sufrirán los espectadores.

 

¿Podrá el obeso contorsionista —cómo—

alcanzar los dedos de sus pies? (Le estorba

su prominente barriga de hipopótamo.)

Hacia atrás: ¡qué puente más acolchonado!

 

El mago suda la gota gorda porque

en la chistera se atoran los conejos;

la pobre paloma sofocada clama,

bajo los dientudos bofos, por auxilio.

 

Si alguna vez vas al circo de Botero,

huele, observa, escucha, toca y luego pasa

 

la golosa lengua que se vuelve agua

en tu golosina de algodón de azúcar.

 

En el barril sin fondo de la memoria

nadan de pancita los recuerdos. Toma

el trinche, húndelo en las jugosas partes

de la nostalgia. ¡Salud y buen provecho!

 

Tus eructos son señales de excelente

digestión. Botero pinta sus madonas

con papadas y mejillas mofletudas

y pone elefantes y más percherones

 

y carpas rollizas bajo los celajes

de los cúmulos chonchos en este día

que engrosaron sus colores con la fiesta

de los cirqueros de redondeces múltiples.

 

 

 

El lanzador de cuchillos

(Grabado en un naipe)

 

La mujer del lanzador de cuchillos se puso un as de corazones en el sitio exacto donde duele la duda. Su número estaba por comenzar. Las aceradas puntas eran los ojos de su esposo. Ella presintió desde una noche antes, los dientes de los peces en su costado izquierdo y que una flor púrpura mancharía el resplandor del naipe. Hasta ayer él lanzaba amorosos colibríes, pero ahora, duros picos de halcón darían en el blanco. Cuando llegó el momento, no permitió una venda en los ojos, recibir a la muerte retándola sería un honor. Quiso, en cambio, que la burda tela nublara la visión de su cónyuge. En esas condiciones él no podía fallar.  A veinte  pasos de su esposa  –los ojos ciegos– su corazón sonaba como el redoble antes de la ejecución o el reloj al apresurar el martillo de los segundos previos al final. Los filosos objetos eran llamas en las manos sudorosas del verdugo. El primer cuchillo se enterró en la madera a escasos centímetros de un mechón de los cabellos ensortijados; el siguiente, justo debajo de la axila derecha, con un silbido de serpiente; hubo otros: sonaban a reclamos, a lamentos, a diatribas, a ecos de súplicas. El último duró una eternidad: el as de corazones, sujeto pero libre ya del pecho femenino, escapó en una mariposa de alas blancas con una flor carmesí calada a cuchillo en el ala izquierda del insecto.

 

 

 

 

El hombre elefante

 

Nada, nada morirá jamás…

 

                 Lord Alfred Tennyson

Todo exceso es fatal. He querido ser bueno

pero las culpas crecen sus monstruos en el alma;

no pido compasión porque no la merezco;

si me tienen piedad barritarán las nubes.

Sacia tu morbo en mí, ya pagaste por ello;

rodeado de espejos tus ojos me indigestan.

Las formas que deforman son las más dolorosas;

Tengo hinchada las piernas desde que fue el diluvio;

aunque soy elefante, un baobab es mi cuerpo;

hiperbólicos nudos a un camastro me atan.

 

Atrévete, toca la costra viva que soy;

punza con tus cuchillos mi costado sangrante;

la máscara de hierro no es nada ante la mía.

 

Crecí con el horror y el desprecio a una estaca

amarrado. No fue fácil exclamar: ¡Soy libre!

Lo que me queda de humanidad es mi tesoro.

¿Se preguntarán cómo pude, siendo deforme,

amar la luz de un verso, la voz de las montañas?

¿Cómo entre el amasijo, aunque suene cursi, una flor

pudo nacer. Y la tuve en mis dedos grotescos

sin dañarla pues supe que es mío su perfume.

Al final de mi vida despuntó la esperanza,

breve como un capullo, entre la breña inhóspita.

Nada, nada morirá jamás. Nada se tiene.

 

 

 

 

La contorsionista[1]

 

 

                         Sólo un mal hombre ha podido enseñar          

                           esas posturas a la contorsionista.

 

Ramón Gómez de la Serna

 

Adquirí esta habilidad centímetro a centímetro,

día a día fueron las serpientes mis maestras,

Lengua podría ser mi nombre.

 

No se asusten si ven a una tarántula de cuatro patas

cuando con ojos estrábicos recolecta estrellas.

Pregónenlo: ¡Soy el hilo de la aguja!

 

Desde niña aprendí a ocupar el mínimo espacio,

apretujo en acordeón mi cuerpo de papel plegable,

me acomodo en mi serpentario de vidrio,

después me hago una bolita y sueño.

 

Una pesadilla recurrente hace girar mis globos oculares:

miro mi cuerpo rígido sobre una sábana a modo de mantel,

mi cabeza separada del torso

y aderezada en un plato con lechugas.

 

Servida a la carta este menú

el público aplaude tal desaguisado.

 

De todo esto saco una lección:

seguiré a las nubes que no dejan de ser nubes

a pesar de las veleidades del viento.

¿Te gustaría ser parte de este amasijo?

 

Con tu mano derecha                                jala tu oreja izquierda,

con tu rodilla izquierda                            palpa el centro de tu tórax,

con tus labios

atrapa alguno de los dedos gordos de tus pies,

con tu mano izquierda                               punza tu costado derecho,

pega tu mejilla derecha a tu corva derecha,

que tu oreja derecha

oiga a las dos plantas de tus pies,

pon las dos piernas encima de los hombros,

con los talones espolea tu torso;

después, suavemente,

arquea tu espalda hasta que tu ombligo roce las nubes,

a derecha e izquierda gira el cuello ciento ochenta grados,

con tu lengua y dientes                                       acaricia tus cabellos;

y,

si puedes,

besa,

por último,

con tus ojos,

la frente de tu alma.

 

 

[1] Apuntes para un cuadro de Braque.

 

 

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PanteónRamón Iván Suárez Caamal. Calkiní, Campeche 1950. Radica en Bacalar, Quintana Roo desde 1983. Ha publicado más de 30 libros entre poesía, poesía para niños, narrativa, manuales de creatividad y libros de texto. Entre los premios que ha obtenido figuran el “Jaime Sabines” 1991, el Premio Hispanoamericano de Poesía para Niños, 2010, el Premio Internacional de Poesìa para Niños, Ciudad de Orihuela en España en 2011, el Primer Concurso Nacional de Poesía Ilustrada para Niños, 2013, Instituto Literario de Veracruz y el XII Premio Internacional de Poesía Infantil, 2014. Colección Luna de aire de la Universidad de Castilla- La Mancha.

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