La poesía escrita en la península goza de buena salud. Una prueba de ello es, sin duda, el hecho de que el Premio de Literatura Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020, que entrega la FIL, se haya decantado esta vez a favor del poeta yucateco Marco Antonio Murillo por su obra «Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos». En Vértice, letras de Grupo Pirámide celebramos, pues, este logro con los siguientes poemas, recientes en el repertorio poético de nuestro autor. 

 

 

ROMANA 

 

Seguramente, Cynthia, mañana

nos preguntaremos por qué

las aguas de estar juntos

no fueron propicias, ¿ni una sola

gota para ser felices y tenernos

con buena salud y sin sed?,

y de seguro otros (malditos Propercios

de prepucio pelado)

habrán sumergido sus manos de lepra

en las caudalosas aguas de tu cuerpo, mientras

te llamaban flauta,

caña dulce, mujer

dormida como una navaja,

con mejor voz que la mía, no los escuches,

es mejor recordar la juventud y los oros

de conocernos: junio

de 2011, o tal vez julio, no importa,

si las estaciones

pasan y buenamente

cumplen sus nieves en la memoria,

 

te vi llegar ligera: y qué bien

recorrías la tarde con tus sandalias, luego

la guardabas en tu cajita de maquillaje,

para ti sola, te hablé,

pero no volteaste, y por qué

ibas a hacerlo, si en ese tiempo apenas

descubrí tu nombre, Cynthia,

y no conocía la Roma de Propercio, la dormida

como un elefante entre columnas

color sepia, la humedecida

diariamente por espumosos baños

que envidiarían las aguas rápidas del Tíber,

 

varias veces te vi pasar, un día

decidí atravesarme, cortarte

el paso, a veces

me pregunto si lo vivido

y luego tiernamente fracasado entre dos

es sólo río bifurcado, profundo,

siempre misterioso,

o bien, si un breve encuentro valió la pena

por sus paisajes:

costas, playas, piscinas donde

meter los pies era tocar la vida, una noche

 

por fin pude amarte: mira

el cielo, te decía, nunca conoceremos

Roma, pero persiste

en las constelaciones, Cástor envejece

más que Pólux, la balanza

juega con el peso muerto

de las estrellas, la luz sideral

dejó de importarnos, lo justo

fueron nuestras propias chispas

celestes iluminando

habitaciones y alcobas

y penjauses, así era

amarnos allí, así era amarrarnos

hasta que la piel

se nos ponía roja de tanto líquido

y víscera y líquenes rozándose,

 

y entonces aceché

los abiertos balcones de tu cuerpo, la altura

que de pronto alcanzaste:

tu cuerpo romanamente

iluminaba todo como una lámpara

de piso: piernas, nalgas, senos (qué cálidas ceras

se derramaban) y tu cabello

meciéndose, más Cynthia que tú,

rico en salitre y esponjosos moluscos,

meciéndose siempre, poblado

de torpes caracoles que se perdían

en las pegajosas sábanas del amanecer.

 

 

 

 

A VECES SUEÑO CON SAN ANTONIO MONTADO EN UNA YEGUA NOCTURNA 

 

 

1

Estas páginas aún en blanco exigen una paciencia de agua. Es la única moneda que requiere su maquinaria para abrirse en retablo. Tú que lees, practica el derecho de entrar o salir: imagina la nieve sobre una duna o el enfriamiento de tus huesos en un oasis. Tu alma, entonces, tendrá la longitud de tu fatiga, tu perdón la llaga de los descalzos. Demorado en el polen de un salmo, tú que lees, la primera noche apretará tus ojos y no sabrás que en el bolsillo tienes las llaves del día.

 

 

2

Soñé que la arena iba cubriendo los ojos de un santo, y en mi frente oponía su frente de madera despintada y en mi boca la paciencia de su letargo.

Fiebre del insomnio,

no sudes en vano.

Fiebre de la veladora,

acorta los minutos.

Me dijo, pero cuando oré nadie me escuchó, sentía áspera mi lengua.

 

 

3

Soñé que la arena al fin cubría los ojos del santo y se derramaba más allá de mi sueño hasta empolvar mi habitación. Mil grillos acusaban al santo y había infernales ruidos de trastes, mientras confesaba sus sombras ante la arena de un libro despeinado. Pronto entendí que se trataba de San Antonio. Su imagen miraba la ventana, su boca, con esos dientes de madera hinchada, parecía levantar la ciudad: calles, ríos que frotan sus orillas contra la amarilla música del amanecer.

 

 

4

San Antonio Abad, la arcilla de tus manos, ¿puede destilar la luz de una pepita de oro? Como tú, algún día tendré que dejarlo todo, la madera de mi casa, las uñas, mis párpados. Entonces, el desierto será como una largo oración, no se parecerá a la salida del sol en esta ciudad.

 

 

5

¿Nadie ha visto el desierto que inicia en el hábito de los santos? ¿Nadie los ha escuchado hablar? Mi palabra, parece decirme el santo, no es prosa ni poema, sino inscripción en tus manos, tus manos que son alas de muerta mariposa. Mi lengua no es salmo es espejismo al amanecer. Anoche escuchaste a una yegua galopar como un ruido de demonios de acero, los hombres se aferraban a su lomo para morir en santidad. La yegua se alejaba. Los hombres no escuchaban y confundían la noche con un mal sueño. Yeguas: animales fugitivos de negro paisaje, veloces lámparas y pezuñas de metal, animales largos, de bostezo ineludible.

 

 

6

San Antonio Abad, tu hábito no me mostrará la salida del desierto. Mis restos serán arrastrados hacia un estuario y mis ojos se sumergirán hasta apagarse contra la sombra del agua.

 

 

7

Amanece, ya no sueño, ni escucho palabra alguna, pero advierto que tal ausencia trajo el sonido de una campana. Si cayera, su repique devolvería toda el agua que le ha robado a la arena de esta ciudad. Abro las ventanas y miro hacia afuera: ¿Nadie ha orado para que sus muertos pasen los días fríos en la calle?

 

Campana para el sordo,

acalla tu música.

Campana del trotamundos,

cuenta tus pasos.

 

Pienso por última vez en el santo: a medio día las sombras pasarán a su lado, se arrodillarán y seguirán su camino más allá de esta habitación. Entonces, el sol caerá de nuevo. San Antonio Abad, hongo de la noche, cayado de la noche, cuando entre sueños escuches un balbuceo salir de mi boca, será para llamarte con un salmo desde la oscuridad de mis entrañas.

 

 

8

Lápida del desierto

Bajo esta piedra reposan

los restos de San Antonio,​

en su vida fue tentado

por Dios y por el demonio.

El sueño se le desgrana

como lengua de leproso,

y sus huesos son la lumbre,

que arde en vano, sin responso.

Tú, que pasas y que lees,

rompe esta tumba, abre un foso

y comprueba que sus uñas

duermen sin hallar reposo.

 

 

 

 

****

 

Marco Antonio Murillo (Mérida, Yucatán, 1986). MFA en Creative Writing por la Universidad de Texas en El Paso. Premio Nacional de Poesía Rosario Castellanos, en 2009. Premio Estatal de la Juventud 2014 en artes, y Premio de poesía José Emilio Pacheco Ciudad y Naturaleza 2020. Asimismo, ha obtenido la beca de Jóvenes Creadores del PECDA (2009), la University Grant de la Universidad de Texas en El Paso (2013- 2016) de la Fundación para las Letras Mexicanas (2016-2018), y del FONCA Jóvenes creadores (2019-2020). Autor de los poemarios Muerte de Catulo (La Catarsis Literaria, 2011; Rojo Siena, 2013), La luz que no se cumple (Artepoética Press, 2014) y Derrota de mar (Jaguar Ediciones, 2019). Como antólogo ha sido coautor del libro Casi una isla: Nueve poetas yucatecos nacidos en la década de los ochenta (SEDECULTA, 2015).

 

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