La poesía de Omar Ortega Lozada es, sin duda, una de las más sobresalientes de la literatura peninsular. Para muestra, presentamos los siguientes poemas que pertenecen al libro José Watanabe esboza algunos animales antes de escribir un guion para National Geographic, de próxima aparición. 

 

 

 

Mar doméstico

 

 

Sentado, frente a una pecera

—escama de esa bestia que es el mar—,

me encuentro en uno de tantos cubículos del National

[Geographic

para afinar detalles sobre un libreto que quieren escriba.

 

Oleajes de papelería,

cardúmenes de gente

van y vienen

con su encanto de insípida marea.

La espera es un enorme depósito que se recorre

[infinitamente

con la seguridad de que jamás querrás estar

[en él,

así que esbozo una propuesta mientras sorbo el oscuro piélago de una taza de café.

El tedio se filtra por la quilla de la espera.

Sin darme cuenta trazo siluetas de algunas especies

que vienen de profundos recuerdos.

 

Entre el barullo de nerviosos colores que habitan ese mar doméstico,

descubro que un pez se haya estático, inmóvil,

como aquellos colibríes que hipnotizan a/las-flores,

mira un punto con la insoportable fijeza del suyo;

no parpadea su asombro ni el mío.

Quizás se pregunta si estoy muerto

porque el fastidio me tiene boca arriba

sobre el sillón de esta pecera.

 

 

 

Vidrio soplado

 

 

En su condición de dios de 9:00 am a 6:00 pm,

con la caña de bronce, el artesano

forma un sol cautivo

cuando azuza la flexibilidad de la arena;

el vidrio expande su cálido vientre,

su placentaria transparencia.

 

Con su espátula de dios,

su prominente cayado de dios,

y su adusto seño de dios

—señal de su proclividad a la creación—,

el vidriero sopla la caña;

corta y pega la incandescente anatomía del pez,

la gira para tonificar el cuerpo,

corta las aletas caudales

y su sudor refresca la fragua,

con otros giros afina las dorsales

y el rompecabezas de la muerte que completará el anzuelo

 

Entre vuelta y vuelta el pez toma forma,

y con su tijera de dios

el artesano corta el cordón umbilical,

le obsequia el hálito.

 

El pez se contorsionista, salta,

reclama el agua;

pero, es inútil;

sólo será un adorno

aunque se sabe listo para el mar.

 

 

El oficinista

 

 

Abotargado, el oficinista toma su almuerzo:

un sempiterno y socorrido sándwich.

Frente a la jaula de los simios

limpia sus anteojos y se acomoda la escasa cabellera

—que antes fue exuberante, impenetrable selva—

para apreciarlos mejor.

No le desagrada el aroma que despide el cautiverio,

él sabe que también huele a horas

frente a papeles, computadora, café y órdenes confusas.

Por el contrario, cada vez que puede,

se sienta en la banca que da frente a la manada

y observa cómo unos se columpian

mientras otros se desplazan en cuatro miembros,

se acicalan el tedio o se comunican con gemidos.

No sabe por qué le son tan familiares,

tan cotidianos,

que migas de nostalgia le embargan la flacidez del abdomen

y del corazón,

y de sus ojos resbala un suspiro,

como queriendo huir por entre las ramas.

 

 

 

Marcar los animales

 

 

A caballo, los caporales arrean las reses hacia el corral.

El gemido de los goznes del portón

se confunde con el de la manada.

El polvo acompaña a la multitud;

quiere ayudar en la faena.

 

Dentro del corral, los caporales alistan caballos, monturas y

[reatas,

acuerdan cómo marcar los animales.

El fuego también crepita algunas instrucciones

mientras inflama los contornos del acero.

 

Las escaramuzas son ramilletes de ruidos:

las cuerdas capturan los resoplos de las vacas,

queman sus cuellos y los de las sillas de montar,

tensan el temor hasta la asfixia,

y el equilibrio cede.

 

La hoguera azuza un ardoroso quejido que marca el nombre

[del dolor

cuyo aroma se retuerce como flor de humo.

 

La escena se repite con variantes que la improvisación se saca del sombrero.

 

 

Fatigados todos,

el fuego se esconde en la ceniza,

las vacas pacen un punzante rencor,

mientras los vaqueros curan sus heridas con alcohol bajo la

[sombra;

supuran un sudor que embriaga.

Mañana descubrirán,

en silencio, que el sol hizo lo mismo.

 

 

Fragmento de sol

 

 

En la alameda central de la CDMX,

dentro de una jaula

–matrioshka citadina–

silva un fragmento de sol;

su sonido es más intenso que su refulgencia.

 

Una pareja de novios quiere saber qué les depara el destino.

Por diez pesos

el dueño de la atracción

–probablemente un gitano que conoce Macondo–

proclama un armisticio entre jaula y canario.

 

Un grano de alpiste vuelve al ave

asalariada de la suerte:

extrae la carta del oráculo

y extrañamente abraza el cautiverio,

sabedor de que mañana habrá otros que necesitarán otra

[semilla

para construir su propia jaula.

 

 

Epitafio

 

El icónico logo de Lacoste

fue reemplazado por diez especies en peligro de extinción,

reza el encabezado de una nota.

 

Diseñadores preparan vanguardistas prendas

de la colección otoño-invierno nuclear

mientras se prepara el lanzamiento de una playera

cuyo símbolo es el bordado del hombre,

concluye el comunicado.

 

 

 

****

 

Omar Ortega Lozada. (Apan, Hidalgo, 1978). Fue director de la revista literaria “Sonarte”. Autor de los cuadernos de poesía Matices de la piedra, Donde la noche se hace llama, La suerte de las aguas y Aleteos de colibrí. Poemas suyos han sido publicados en diversas antologías y revistas impresas y electrónicas. Obtuvo el tercer lugar en el Concurso Nacional de Literatura ISSSTE 2015, el Premio de Poesía Rosario Castellanos, otorgado por la Universidad Autónoma de Yucatán, en los Juegos Literarios Nacionales Universitarios 2016 y, recientemente, el Premio Regional de Poesía José Díaz Bolio.

 

 

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1 comentario

  1. José Ysmael Barbosa

    Muchas felicidades Poeta Omar Ortega Lozada, un deleite haber podido disfrutar de hermosas lecturas, Enhorabuena y que continue esa hermosa forma de expresar las cosas.

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