Por Luis Alberto G. Sánchez

 

Dijiste: “Iré a otra ciudad, iré a otro mar.
Otra ciudad ha de hallarse mejor que ésta.
Todo esfuerzo mío es una condena escrita;
y está mi corazón – como un cadáver – sepultado”
Cavafis

 

Me dirijo hacia el punto más cercano de la ciudad.

Sintiéndome ligero dejo que el viento sea quien me lleve a donde le plazca

que él sea mi mentor durante este camino hacia alguna parte.

 

Dejo todo en casa

y salgo de ella sólo con mis vestimentas

con el alma enteramente desnuda esperando encontrar algo en el camino.

Abro mis ojos a todas las posibilidades

y no me acuno al devenir de un destino por demás equívoco

ya no me desalienta un futuro: temo el presente.

Un presente imperfecto que no me ha servido para nada

un ahora que no pudo transformarse en una historia

un aquí simplista, monótono, etéreo sin nada más que fondo

negro, inconcebible y falto de realismo.

 

Mis ojos, también, son las puertas (¿hacia dónde?)

si los abro

frente a mí se dibuja una ciudad que lentamente es destruida.

En cada parpadeo el todo y sus partes cambian en quién sabe qué cosas

pero sufren y al igual que yo

somos testigos, videntes de un presente no cabiendo por ningún lado.

Pero me siento feliz caminando a través de la ciudad.

Observo a toda aquella gente delineando su trayecto

tal vez a casa, al trabajo o hacia alguna calle

donde esperan encontrarse con ese algo aguardándolos impacientemente.

Padres de familia

empleados de planta,

estudiantes, mendigos o suicidas

los veo y los siento parte de mí:

yo padre de familia (sin familia)

yo empleado atado a un escritorio de una empresa privada

yo empresario o estudiante imberbe

yo suicida aborigen, cuyos destinos son ir al mismo trayecto de los sueños

porque sus sueños son dirigidos a mí.

 

Ciudad de mi infancia: yo no soy un melindroso dulce y afectuoso

soy quien pisó tu suelo y que por fuerza mayor tuvo que dejarte.

Yo el graduado, el hermano, el hijo honroso, el nieto

volviendo cada temporada a casa

el amigo estimado y el amante ingenuo.

Vengo hacia ti como si de pronto sintiera una atracción extraña

cada átomo de mi sangre es invocado, porque de ti

fui formado de tierra, de aire, de sentimentalismos carnales.

Aquí vi nacer a mis hermanos y, tal vez, vea morir a mis padres.

Conocí a muchos amigos

amé, maldije

dediqué mis primeros poemas (y los maldije).

No fuiste basta para que yo pudiera atarme como ellos.

Puse mi esperanza en otras latitudes y viré mi futuro hacia un mar

que habría de mostrarme tu mismo cielo real, inalcanzable y triste.

 

Aun así dejé la casa lanzándome como un pez contra el precipicio.

Despotriqué aquella suerte que no habría de obtener

ni en tus brazos ni en los brazos de nadie.

Yo sería el transeúnte yendo de aquí a allá no planeando su futuro

esperando, esperando y esperando

a que la moneda pudiera mostrarme un distinto rostro.

Añoré ser para mí una ruleta para golpear de suerte a quien la merece

proveerme de suerte porque yo la merecía.

 

Yo lo supe. Siempre lo supe y aun así dejé la casa.

No merecía. Nunca lo tuve.

Nunca fui.

 

Y ahora toda la juventud se me viene encima

y de pronto me siento viejo. Cansado.

Comparándome con el vecino descansando a la puerta de casa

sin ninguna añoranza más que la de esperar su muerte.

Me siento de pronto como él

que si esperase algo del mundo

preferiría ya no esperar nada del mundo.

Lo que espero de mí, solamente, es la individualidad.

Así el mundo seguirá su curso, el reloj marcará la hora

y los árboles van a desprender sus hojas en alguna estación del año. Unas caerán

y otras serán movidas hacia otros campos

pero tarde o temprano caerán:

en todo esto reside la existencia.

 

Sin embargo, transito la ciudad no importándome cuántas veces

he dirigido la vista al mismo espacio: cada vez lo percibo diferente.

Ella es tan distinta a ella que yo prefiero recorrerla, andar la vida vendado

para que no me duela ella ni su gente.

Temo enfrentarme con el espejismo de mi propia imagen

con la igual insistencia de existir y pensar que sigo existiendo.

Empero prefiero recorrerla siendo guiado por sus pasos

quienes no habrán de llevarme devuelta a casa. Temo regresar a casa.

 

Entre sus cuatro paredes y dos plataformas, todo es Vacío.

 

 

***

 

Luis Alberto G. Sánchez (Morelos, México, 1985). Ha asistido a diversos talleres de poesía y narrativa de Quintana Roo y Puebla así como en diversas mesas de lectura. Ha publicado en algunas revistas como Tropo a la uñaSalvo el crepúsculoPalabra ebúrnea Hojas de Hierba. Colaborador del movimiento cultural “Red de la palabra aurea” realizando lecturas de poesía. Fue editor, junto con José Antonio Íñiguez, de la revista digital “Salvo el crepúsculo”. Prepara su primer volumen de poesía.

 

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