Paisaje con ruinas

Paisaje

 

Dos apuntes sobrePaisaje con ruinas de Manuel Illanes

 

Por Draupadí de Mora

 

 

Primer apunte. El cuerpo

 

Paisaje con ruinas se me presenta como un texto en el que la escritura proviene del tránsito y el desplazamiento. Aquí se cruzan fronteras todo el tiempo, comenzando por aquella que pasaba hasta hace bien poco entre la escritura literaria y aquella que no lo es, entre realidad y ficción, poesía y testimonio; estas y otras muchas líneas fronterizas se desdibujan a lo largo de los 102 fragmentos que componen el libro para mostrar a la lectora o lector un cuerpo textual que habita, paradójicamente, el cruce constante, pues en un incesante ir y venir tiene lugar este paisaje, tejido fragmentario que incita, también, a distintos ritmos y rutas de lectura, que pueden ir de lo súper acelerado a lo reiterativo y, aunque los fragmentos conserven un dejo cronológico, en mi experiencia de lectura la forma “principio-fin” también salta por los aires, pues la lectura bien puede comenzar por el medio, de atrás hacia adelante o en un fragmento elegido al azar.

Al referirnos a los fragmentos de Paisaje con ruinas está realmente justificado el uso de la expresión cuerpo textual, pues el cuerpo aquí es un elemento central y se nos entrega desde distintos lugares, algunas veces desde la observación de otros cuerpos —lugar de enunciación del voyeur—, otras desde el cuerpo que no mira, sino que experimenta enfermedad, deseo, hambre, embriaguez, en este sentido, me parece también que estos textosse acercan a territorios que han sido transitados de manera importante por mujeres, en el sentido de escrituras situadas, transgresoras de los géneros literarios y donde las materialidades corporales no son un elemento adyacente sino que adquieren una centralidad total, pienso por ejemplo en Jamaica Kinkaid, en Cinthya Rimsky, incluso en Virginie Despentes, y aunque el vate-faro aquí sea Melville, el cuerpo del náufrago está francamente cerca de escrituras excéntricas, dislocadas o fuera de lugar. La escritura de mujeres y de otros sujetos, principalmente no masculinos, blancos y europeos, ha sido hasta ahora muy incisiva en cuanto a la importancia del cuerpo en el texto y, de diversos modos, eso está presente también aquí, quizá incluso podríamos hablar de la experiencia de la ruina y la desaparición como un punto de encuentro entre sujetos que tienen en común habitar los márgenes: ahí podríamos encontrarnos y hacer del balbuceo un idioma/bomba en común, “un idioma de barranca”, como el mismo Manuel Illanes ha dicho en “El loco Pound”.

 

Segundo apunte. El lugar

 

Para que sea posible el movimiento es necesaria una geografía, un suelo que, en este caso, no esni la universidad ni un departamento en la condesa o el recogimiento de una biblioteca, sino más bien el borde de una herida, un sitio donde todo duele, el espacio infinito que abre una fosa común o una enorme grieta en el pavimento. Ante ese hueco abierto, Paisaje con ruinas parece decirnos ven y mira y en ese hueco, donde esperaríamos ver el rostro del otro, el cuerpo de la otra, lo que vemos es nuestro propio rostro: una ruina, porque ¿qué hay en ese espacio oscuro que no queremos mirar sino ruinas? Las de una ciudad, las de quienes habitan esa ciudad y principalmente la ruina de la escritura o, mejor dicho, la escritura como ruina o balbuceo.

Cabría entonces preguntarnos ¿qué es una ruina? ¿quizá un resto?, ¿lo que queda casi al final de todo, cuando todoes ya muy poco?, ¿lo que resiste no sólo al paso del tiempo, sino a los asedios de la policía, la pobreza, la enfermedad y la miseria?; aquello que queda en pie después del terremoto es una ruina cuyo equilibrio entre el derrumbe total y la permanencia es tan precario que se vive en constante peligro de desaparición. Paisaje con ruinas trata de esos restos del presente, es decir, la ruina no indica una mirada nostálgica (y estetizada) hacia el pasado, antes bien la ruina es el presente que se cae a pedazos y que en una suerte de malabarismo se mantiene de pie, sin desaparecer del todo. Este presente en ruinas es el que se entrega a la lectora y al lector como una literatura en escombros, enunciada sin embargo desde la forma libro, o desde la ruina del libro.

Como contrapunto a esta mirada excéntrica, existe toda una literatura, un arte pictórico y escultórico, principalmente europeos, que han trabajado y creado un discurso sobre la ruina en el que el concepto de nostalgia es crucial, el crítico alemán Andreas Huyssen habla en “Nostalgia de las ruinas” acerca de esa otra vuelta a las ruinas:

El culto de las ruinas acompañó, de una u otra forma, a la modernidad occidental en las olas que se sucedieron desde el siglo XVIII. Pero en los últimos quince años una extraña obsesión hacia las ruinas se ha desarrollado sobre todo en los países europeos, como parte de un discurso más extenso sobre la memoria y el trauma, el genocidio y la guerra. Mi hipótesis es que esta obsesión hacia las ruinas encubre la nostalgia por una etapa temprana de la modernidad, cuando todavía no se había desvanecido la posibilidad de imaginar otros futuros.[1]

En Paisaje con ruinas no hay nostalgia, ni una mirada al pasado en busca de futuro, aquí lo que queda es un presente pelón, donde la poesía permanece en pie, pero no con el gesto heroico de la épica, sino como un cascote que da fe de un derrumbe, de otra desaparición, que en este caso es, quizá, tan radical que ahí se va el cuerpo también de quien lee y quien escribe, el cuerpo de lo que hemos llamado literatura, porque ésta es un edificio que no ha resistido incólume los embates tectónicos de tanto aullido, de tanto dolor y muerte pasando como un vendaval entre sus cimientos.

 

 

[1]Andreas Huyssen, “Nostalgia de las ruinas”, en Modernidad después de la posmodernidad, Barcelona, Gedisa, 2010.

 

 

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Paisaje

Draupadí de Mora (Ciudad de México, 1984) A la fecha ha publicado los libros de poesía El jardín de los violadores amables/Yoya en colaboración con Martín Cinzano (Santiago, G0 Ediciones, 2016) y Lo merecemos todo (Ciudad de México, Mantra Edixxxiones, 2017). Formó parte de la antología El urbano ebrio (Oaxaca, Astromelia, 2016) y Furiae (Edición Digital, Piedra Bezoar, 2017). A la par de su trabajo como escritora, se desempeña como traductora de portugués. Actualmente es co-editora de la revista cartonera PUF! en colaboración con Martín Cinzano.

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