Libro de Lot

A continuación, presentamos una reseña minuciosa y puntual de Daniel Medina acerca de “El libro de Lot”, del poeta radicado en Cancún, Omar Ortega Lozada, quien fue merecedor con esta obra del Premio Peninsular de Poesía “José Díaz Bolio” 2020 y publicado hace unas semanas en edición bilingüe por The Ofi Press, la cual puede leerse online a través de este enlace: https://bit.ly/3qwA3bP

 

 

Apuntes sobre el Libro de Lot

 

Por Daniel Medina

 

Los premios de poesía sirven esencialmente para una cosa: escandalizar. O eso diría, al menos, parte del medio literario de la región. “Es que los premios, amigos, no sirven para nada”, y siempre falta decir al enunciante: “excepto, claro, cuando los gano yo”. Para bien de las sagradas escrituras de nuestra poesía (como algunos suelen llamarle, no carentes de cierto mal gusto) existe el Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio, que convoca el Patronato Pro Historia Peninsular de Yucatán, desde el año 2001. Por el certamen han transitado algunos de los nombres más constantes –no sé si importantes, pero esa categoría no interesa– de la literatura estatal, porque guste o no, el premio ha sido obtenido por una buena mayoría de escritores yucatecos. Algunas “jóvenes promesas”, una que otra mención honorífica para escritores “consagrados”. El premio supone, a decir de muchos, la evidencia de un “relevo generacional”. Y aquí, como es debido, no ha faltado la [aunque minúscula] polémica: una discusión en redes sociales. Qué divertido, ah, qué crítico. Estos hechos nos dejaron, por lo menos, un golpe de gracia: a partir de la emisión 2017 del Premio, el jurado calificador comenzó a conformarse por un autor estatal, otro nacional y otro internacional. Sí, yo sé que estas categorías no valen demasiado, sobre todo la de “internacional”, pero lo cierto es que de una forma u otra esto es beneficioso. A mi parecer, el Premio José Díaz Bolio terminó de configurarse como el más relevante (por constante y sólido) de todos los certámenes de poesía convocados en la península.

En un gran movimiento ejecutado hace un par de años, la organización decide añadir al reconocimiento la publicación bilingüe, inglés-español, del trabajo premiado. El primer beneficiado por las coediciones fue Colección de insectos que volaron sobre mi cabeza (2020), de Janil Uc Tun, y Libro de Lot (2021), de Omar Ortega Lozada, el segundo. Y es este poemario, Libro de Lot, el que nos concierne en este texto.

Decir, antes de externar comentarios, que la edición del libro corresponde al sello The Ofi Press (en su “Mexican Poetry Series”), como la traducción a Don Cellini. Dicho esto, adelante.

 

Omar Ortega Lozada, poeta nacido en Hidalgo, México, pero avecinado en Quintana Roo (por eso obtiene un certamen peninsular), es uno de los poetas más nombrados de la zona. Es curioso: su poesía transita ocasionalmente por temáticas y tratamientos convencionales de la entidad (revísese, por ejemplo, su libro La suerte de las aguas y otros poemas), pero en otros momentos asoman otras características formales –una especie de diálogo o voz exterior manifiesta en cursivas, especial conciencia respecto a la espacialidad del poema como suceso visual, por ejemplo– que se dejan ver, sobre todo, en su Códice sin nombre.

Hay algo de estas dos pulsiones en el Libro de Lot. Se trata de una obra que, desde el título, revela su materia: temáticamente, pensamos, esto se tratará de Lot, aquel personaje del Génesis, y de la llamada “mujer de Lot”. No es difícil, como lector, hacerse una idea del presunto contenido: quizá esbozos narrativos sobre el mandato de Yahveh y la desobediencia que vuelve a alguien una estatua de sal, alguna personificación o habilidad de ventrílocuo para hablar desde Lot, probablemente algunos puentes paratextuales tomados de textos religiosos. El resultado, para nuestra fortuna, es parcialmente ése. La sospecha no se cumple por completo, o al menos no es eso, lo que mencionamos, todo lo que contiene la obra.

Me interesa, sobre todo, el montaje del libro: la temática es ciertamente la que pensamos, pero la función de los epígrafes permite intuir cambios o fugas en la historia directa, sospechada. En el primer caso, porque este libro se divide en tres [apartados], tenemos un extracto del Sinbad de Gilberto Owen: “Y luché contra el mar toda la noche…”; en el segundo, unas líneas estupendas de Anna Ajmátova y su versión del mito –poema en el que la autora ya vislumbra esa posibilidad de fuga o matiz–; llegando finalmente a “La mujer de Lot”, no falto de los rasgos característicos de su autora: Wislawa Szymborksa, en el tercer y último caso.

Ortega Lozada, en su obra anterior (Códice sin nombre), utiliza un epígrafe de Olga Orozco con la aparente intención de situar la obra en un paraje boscoso, pactando quizá la figura del bosque como escenografía y utilería al mismo tiempo. Lo digo por aquello del montaje. Sucede entonces que el paratexto organiza un campo semántico. No sería raro que el epígrafe de Owen desempeñe, en Libro de Lot, el mismo protagonismo: el mar como campo de lectura y especulación lingüística. Me parece, de hecho, que lo hace. En consecuencia, podemos clasificar los epígrafes en dos funciones: una como espacio y localización, y otra como reiteración temática y autoridad para reescribir, o cuando menos volver a contar, el mito. En la primera categoría no hay una nota, sino dos: además de la de Owen, existe otra señal  (¿más conceptual que poética?) que llega inmediatamente después de proponer al mar como escenario, se trata del “Rojo silencio de las algas”, que no es otra cosa que una descripción de la Dunaliella salinao aquellas algas que tienen su parte de responsabilidad en el color característico de Las Coloradas, en Yucatán.

Adentrados en la materia de los textos, destacan dos puntos: su presentación corresponde a la numeración bíblica (1:1…,2:1…,3:1…, dependiendo del apartado) y están escritos, los poemas, en prosa. Hay también una intención narrativa, como podríamos intuir desde el principio, pero más bien condicionada por el desdoblamiento de los pasajes. La expresión predominante es preciosista teniendo por núcleo los efectos de la imagen. La primera línea, por ejemplo, dice: “Como la luz, las aves –ángeles desprendidos de la voz de Dios– atraviesan el aire con su filo; trazan una herida en mi piel azul de donde brotas. No del barro, sí del agua”. Sí, se trata de una especie de re-presentación del génesis sustituyendo una sustancia primordial, el barro, por el agua.

Las propuestas constantemente aluden a entes de la naturaleza y, a nivel retórico, coinciden a plenitud. Esto es positivo en tanto unicidad, pero problemático en tanto que los poemas, tratados de una forma casi idéntica, adquieren cierto carácter de intercambiables durante todo el libro. La excepción más importante, creo, es la del texto primero (por su postura del génesis) y la del último, puesto que traiciona la forma condicionada para abrirse a un paraje visual y, digamos, “versificado”.

La apertura, junto a otros poemas del inicio, revela una fortaleza que se transforma en lastre; sabemos que la temática no hace al poema, es decir, que la temática no define a la buena y la mala literatura, pero también sabemos que los tratamientos del tema pueden definir cuando menos el cauce de la obra, expandiendo o limitando sus posibilidades. ¿Cuántas veces es necesario utilizar la palabra “agua” o  “mar” para consolidar su presencia? El elemento, en este caso, condiciona muchas de las propuestas. Por ejemplo: “profundo celo que resuena en el canto de las olas”, “navego a la deriva sobre lomos de olas” o  “profundo gozo del ahogado”: estas tres ideas corresponden a tres cierres o últimas líneas de cada uno de los apartados del libro, y la cuestión es esta: profundo-canto-olas, navegar-deriva-olas, profundo-ahogado… las resoluciones de cada una son totalmente predecibles en tanto relación semántica e incluso sintáctica.

No se trata de un tema, por más manido que esté en la península, tampoco de la frívola etiqueta de lo “solemne” y sus constantes argumentos y contrargumentos en lo que respecta a la poesía mexicana reciente; se trata, ahora sí, de cómo pueden estos recursos convertirse, como ya hemos dicho, en lastres. Claro que el libro posee momentos importantes (su montaje ya es uno de ellos, por eso me detuve en él), por ejemplo: “es la sal, la luz que nos ciega, como la que ángeles vertieron sobre las llagas de los sodomitas: ese ardoroso condimento que le da sabor a la muerte”. Pienso, también, en otro poema de Lozada, un poema fascinante, llamado “Biografía de la luz”. Con un tratamiento muy similar, este poema sobre Gustav Klimt publicado en 2019 posee una síntesis de los mejores momentos del Libro de Lot, haciendo uso, inclusive, de algunos tópicos similares (como las figuras angélicas, por decir alguno).

Adscribirse a una retórica, quizá, es el problema. La devoción y la fidelidad hacia una sola convicción literaria es contraproducente, porque una vez ideada la fórmula y entendido el procedimiento, la materia está condenada a repetirse. Si tomásemos algunos fragmentos de este libro y los moviéramos, por ejemplo, dos o tres páginas después, es probable que resulte imperceptible: los poemas se forjan con una similitud evidente, contrastando con las habilidades del poeta (que de sobra conocemos, comprobadas y validadas si se requiere), dando lugar a una ecuación cuyo resultado es la manufactura estable, incluso perfecta de la imagen, pero también discreta, tenue, opaca. Hay pasajes en los que nada se revela sino un sentido poético reproducible, también reconocido y reconocible, en sus hechuras y adjetivos.

Repito esto último: reconocido y reconocible. Pienso en dos estupendos poetas cuyos tratamientos pueden adscribirse parcialmente a los de Libro de Lot: Balam Rodrigo y Jeremías Marquínes, más el primero que el segundo. El primero en sus obras Cuatro murmullos y un relincho en los llanos del silencio (2012), y Iceberg negro (2015),mientras Marquínes lo hace (repito: de manera parcial) en De más antes miraba los todos muertos (1999): acciones y resoluciones cuya razón es revelar en el lenguaje un sentido insólito, aportando imágenes intensas y, sobre todo, memorables. Y ojo: en el caso de Balam Rodrigo, Cuatro murmullos no es una de sus mejores obras, aunque Iceberg negro sí puede serlo. No sé con certeza si hay algo de estos autores o similares aquí, fundido adrede como influencia, pero sí sé que el poeta que comentamos ahora corre los mismos riesgos que estos otros: repetir la fórmula, ser devorado por sus intenciones (ya han logrado, de hecho, salir avantes estos últimos).

Resta decir sobre Libro de Lot que su red de referencias y cruces paratextuales, como su entramado conceptual, resultan atractivas. Incluso la lectura total del libro puede ser un deleite. En mi lectura, y fuera de cualquier atribución al gusto individual, comparto los alcances y montaje de este libro, lo celebro, pero no su tratamiento reducido a gestos de talante poético per se.

 

 

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Daniel Medina nació en Mérida, Yucatán, en 1996. Ha publicado El sonido de los cascos al chocarse (Poesía Mexa, 2020), El dolor es un ensayo de la muerte (Fósforo, 2020), Médium (Sangre, 2018) y Una extraña música (Sombrario, 2018). Colaboró en medios como Punto de Partida, Les écrits y Tierra Adentro. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 y el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019. Director de Ediciones O, colaborador de Cracken Fanzine e integrante del Centro de Experimentación.

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