Identitaria

Identitaria

 

 

Memoria de Gabuch, de David Anuar (Cancún, Quintana Roo), con el paso del tiempo se consolida como una de las obras capitales de la literatura del Estado; el poeta y crítico literario Miguel Meza nos acerca, con esta reseña, a todo lo que tiene que ofrecer este poemario de manera identitaria para la historia y la poesía de esta ciudad.

 

 

Por Miguel Ángel Meza

 

 

Proclama Borges —en el prólogo de El oro de los tigres (1972), su último poemario— que “para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético, ya que profundamente (la vida) lo es.” Y, con una exigente modestia, agrega que pocos se han acercado a esa “alta vigilia”. Sin embargo, pienso —con insolente atrevimiento y a contrapelo de la afirmación del genio que residió en esas altas esferas en sus inapelables libros—, que todos los escritores, todos los poetas, han respirado en algún momento de su vida creativa —en el libro afortunado, en una estrofa feliz, tal vez solo en una metáfora epifánica— esos aires de lucidez y revelación mediante la pura intuición y la sensibilidad ciega (incluso a despecho de sí misma); y que muchas veces intuyen a sus predecesores aun sin conocerlos.

Me trevo a conjeturar por ello —para seguir usurpando el léxico borgiano—, que nuestro David Anuar, desde 2011, cuando apenas contaba con 22 años, a fuerza de satisfacer su irrefutable anhelo de cartografiar de manera sistemática la literatura de Quintana Roo, se empujó hacia una deriva de felices intuiciones, afortunados hallazgos y sorprendentes resultados incluso para sí mismo, como el propio autor lo ha reconocido en reciente charla con el de la pluma.

Lo cierto es que al pergeñar Memoria de Gabuch desde esa intuición no solo logró una obra singular por muchas razones, sino que se atrevió con retos formales no vistos antes en el corpus de la poesía escrita en Cancún. Y, por lo tanto, me parece, configuró su libro más ambicioso en ese entonces, no solo porque prácticamente fue el primero que escribió sino justamente por eso. A la vista de lo escrito por él después este parecería entonces un libro más maduro, posterior (si descartamos Arañas de la memoria, de 2009, y Erogramas, de 2010, que son en realidad libros de formación y aprendizaje, y sin contar por supuesto Alguien hunde mi cabeza, obra ganadora del Premio Nacional de Literatura Joven “Salvador Gallardo Dávalos” 2020, que por el tema y la intención presupone un giro radical en su trayectoria).

Guardado en archivos, a la espera de sumarse a otro —Cuaderno de Cancún, que no cuajó— Memoria de Gabuch experimentó desde su creación una vida editorial atropellada. Escrito en 2011, conocido por mí en 2016 —cuando la editorial Letramar intentó fallidamente editarlo con infortunada consecuencia— y luego sometido a una ingrata espera durante cuatro años más, no fue sino hasta 2020 cuando por fin pudimos celebrar su publicación gracias a la comedida iniciativa del Instituto de la Cultura y las Artes de Quintana Roo.

La primera audacia formal, pues, que yo resaltaría en Memoria de Gabuch es el guiño inicial del autor hacia el lector para proponerle un juego entre la realidad y la ficción (más propio de la narrativa que de la poesía) al hacer aparecer en las primeras páginas una nota explicativa sobre el hallazgo de un documento, algunos de cuyos fragmentos en prosa aparecerán en el libro.

Esta característica, el libro dentro del libro y el manuscrito hallado como por casualidad, si bien es posmoderna, coloca a la obra, sin embargo, en una tradición metaliteraria de larga data. Podemos mencionar referentes clásicos —uno del siglo XVI y algunos del siglo XX: Don Quijote de la Mancha de Cervantes y El nombre de la rosa de Umberto Eco—, pero la estrategia ya es un recurso lúdico y efectivo de grandes autores contemporáneos y hay muchos ejemplos posmodernos, el más célebre y experimental tal vez, el libro de Ítalo Calvino Si una noche de invierno un viajero.

Así pues, el juego de la realidad y de la ficción aparece desde el inicio cuando un David Anuar informa del hallazgo fortuito de un manuscrito en una librería de Cancún. La nota informativa es real, el autor explícito es real, la librería y quien la dirige también, pero el manuscrito, Crónica de Koppara, nos ubica de pronto, como si se hiciera un pase mágico fascinante, en el umbral de un túnel del tiempo, en un pasadizo que conduce a los orígenes de Cancún, cuando Cancún no existía como tal y se llamaba Koppara.

El supuesto autor (real) de la supuesta crónica (¿irreal?), el autor del manuscrito hallado, sería un tal Gabuch, oriundo de Isla Mujeres, el cuidador del rancho de Koppara, uno de los primeros campamentos copreros en la zona, y tal vez Gabuch sería “el primer habitante contemporáneo de Cancún”. Por supuesto, y he aquí el otro guiño, el manuscrito original se perdió y lo que leeremos a continuación será la transcripción de algunos fragmentos de ese texto con algunas anotaciones de David, un David ahora transformado en autor implícito, en sujeto lírico identificado con su criatura y en personaje.

Dividido en tres partes (“Koppara”, “Historia del sargazo” y “Elegía a Gabriel Garrido Argüelles”), con los dos primeros subdivididos a su vez en fragmentos o cantos, se despliega ante nosotros la segunda audacia formal —la estructura híbrida— que alterna entradas en prosa de la supuesta crónica de Gabuch con “comentarios” de un sujeto lírico que va dialogando de manera poética no solo con Gabuch sino con los demás personajes surgidos en el relato hasta fusionarse con ellos, fundamentalmente con el que da título a la obra. Así, estamos ante un monólogo dramático que también es un largo poema polifónico.

El diálogo entre los dos textos, la prosa y la lírica, la interpelación entre las dos voces (la de Gabuch y la del sujeto lírico) inicia como un conjuro ya desde los primeros versos, cuando el poeta empalma el tiempo del discurso (el presente del acto creativo) con el salto hacia un tiempo fundacional, hacia un tiempo casi mítico. Dice el poeta: “un xmahana cae del cielo de palma / aletea sobre el cuaderno / la piel en mi mano / la piel en mi piel / primera página / y vuelo hacia Koppara / otra página y regreso”.

Instalados ya así en ese portal de tiempo de ida y vuelta y con el tono hierático del que anuncia un ritual, como si fuera el llamado del destino que toca a la puerta, la voz de este sujeto lírico destaca por su intensa honestidad emotiva, volcada en un léxico no discursivo, plasmado en imágenes despojadas y limpias, con una tropología desnuda y hasta cierto punto sobria, austera, contenida, que recupera el mundo vital del paisaje original de este paraíso pretérito y las vivencias celebratorias y fatídicas que se recrean.

 

¿recuerdas Gabuch?

altas palmeras verdes

kilómetros de altas palmeras verdes

amarillas

pardas

carreteras de altas palmeras verdes

en el sol de la tarde entre las garras de las máquinas

 

(…)

 

no te apagues ahora memoria

permanece               prevalece

no te arredres memoria

y entresaca de la playa

nuestra historia de sargazo

 

Al comentar las motivaciones temáticas que subyacen en Memoria de Gabuch, la crítica Norma Quintana ha dicho, en un lúcido y breve ensayo sobre este libro, que aquí se “va trenzando la crónica de una invasión desde la triple perspectiva de los invadidos (la naturaleza encarnada en Gabuch y sus amigos), los invasores” —los emisarios de la fantasía de banqueros—, “y los que ocuparon después el paraíso, quienes a veces inocentemente y otras no tanto llevan sobre sí la culpa del pecado original.” Inscrita por lo tanto en la tradición de una literatura de alegato social, Memoria de Gabuch “es la recreación muy personal del mito del Paraíso perdido —continúa la también poeta— y la historia de un ecocidio perpetrado en aras del progreso, ese parásito de dos caras que se alimenta y se hipertrofia en el corazón del poder, disfrazado de buenas intenciones dentro del discurso político.”

 

Cuántas veces nos prometieron

terruño de casa

cuántas no vimos despuntar

los tallos de concreto

y los retoños de varillas

cuántas no escuchamos

ya merito

ya casi la de ustedes

y aquí seguimos

con la esperanza

y los tendones en colapso

 

Al anticipar de manera intuitiva sus lazos con las grandes voces caribeñas —George Lamming, Kamau Brathwaite y Aimé Césaire (quien por cierto tutela el libro en el epígrafe)—, Anuar reafirma su necesidad de “encuentro y diálogo con las raíces diversas y subterráneas de su historia peninsular.” Así lo ha dicho la especialista en literatura caribeña, Margaret Shrimpton, quien agrega que esta obra es la más profunda narración identitaria de David Anuar”. La anónima Crónica de Koppara y la Memoria de Gabuch configuran así, “una historia tanto personal (de David Anuar) como colectiva (de Cancún-Koppara).”

Concuerdo con David, y celebro su franca honestidad crítica, que así lo admite, que el libro revela pericias noveles y costuras estilísticas visibles que ahora puede detectar. El filo crítico adquirido luego de años de lectura y de experta asimilación académica, le autorizan para una lectura autocrítica que podría emprender, sin demérito de la obra. Una obra que, por otra parte, se sostiene con muchísimos otros pilares formales muy bien afincados. Por eso, no convengo con él cuando afirma que esa limpieza no debiera hacerse en los libros publicados. Ejemplos múltiples arroja la historia de la literatura de plumas célebres que enmiendan con nuevas versiones sus obras incluso ya consagradas.

Memoria de Gabuch merecerá sin duda otras ediciones al agotar esta de tiraje corto (mil ejemplares), no solo porque es un libro necesario, sino porque es un libro único en nuestra literatura. Es una obra importante que nos involucra a todos en cuanto habitantes de un lugar privilegiado, sometido sin embargo al ecocidio y la explotación, un hábitat —y aquí cito el epígrafe de Aimé Césaire— que es “una frágil capa de tierra que deja atrás de modo humillante su porvenir grandioso (…), la playa de los sueños y el insensato despertar.”

He seguido con interés la trayectoria de David Anuar a lo largo de ocho años, desde que recibí un mensaje por correo electrónico, en octubre de 2013, donde solicitaba de manera respetuosa la publicación en TROPO de su cuento Home, ganador del premio Juan de la Cabada en 2011, un concurso de cuento corto convocado por la Casa de la Cultura (concurso que por cierto debería retomarse). Por supuesto, no solo se publicó ese cuento, sino que a partir de entonces David y yo iniciamos un intercambio epistolar virtual realmente productivo en proyectos literarios, que además anticipaba lo que hoy celebro: una amistad sólida y agradecida de mi parte.

Luego, cuando lo conocí en persona, corroboré intuiciones y empatías: intuiciones de que tal vez este era un joven verdaderamente comprometido con su formación literaria, un joven que veía la creación poética como algo distinto de una simple afición expresiva, como algo que lo llevaría a buscar otras voces dentro de sí, más auténticas e identitarias, a entrar en otros ámbitos en donde apareciera el eco primordial de su expresión; y empatías porque ambos descubrimos que compartíamos no solo el amor por la literatura, en especial la poesía, sino un interés particular por la literatura de Quintana Roo, por su difusión, por su conocimiento. Y por desentrañar nuestro propio rostro en esa diversidad multicultural literaria que caracteriza nuestro hábitat caribeño, especialmente la zona norte, destacadamente Cancún.

Y desde entonces he constatado su vigencia y talento como creador y su incontestable actividad en las diversas áreas en las que se desempeña: como editor, como historiador e investigador, como académico y formador de escritores jóvenes (a través de talleres de poesía), eventualmente como narrador y dramaturgo, pero fundamentalmente como poeta. Yo resumiría en una frase todo este cúmulo de actividades. Es la frase que titula su recopilación de poesía: una bitácora del tiempo que transcurre, esa frase que es una serendipia de cuyo hallazgo acertado nos informa en el prólogo de aquel libro publicado en 2015. Una bitácora donde se guarda cronológicamente todo aquello que se va acumulando en el tiempo de nuestras vidas. Un testimonio íntimo de su relación con el acto creativo en todos sus órdenes en el fluir del tiempo, “en ese imparable río —dice él— en que abreva nuestras vidas hasta llegar, quizá, al mar insospechado y primigenio de Dios.”

 

 

 

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Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria Tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

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