Polvo

 

Como polvo en el viento, el último libro del célebre escritor Leonardo Padura, es ante todo una novela que explora el fenómeno del exilio cubano y sus causas y consecuencias. En la siguiente reseña inédita, Miguel Ángel Meza se interna con minucia en la historia y en el armado de la misma, para poner sobre relieve la importancia y particularidad que tiene este volumen en la obra del novelista “por la exposición dramática del impacto de la Historia colectiva en la vida privada de los individuos”.

 

 

Como polvo en el viento o cómo desmitificar la diáspora cubana

 

Por Miguel Ángel Meza

 

 

Al admirado maestro Padura, por soportar con indulgencia y bonhomía mi enigmática presencia en sus recientes visitas a Cancún.

 

Novela ambiciosa y total, Como polvo en el viento (Tusquets, 2020) es la épica de la amistad fracturada y la más profunda reflexión de Leonardo Padura sobre la complejidad del fenómeno del exilio y de la diáspora cubana. Y no solo por su variedad temática y su demandante intertextualidad, sino, sobre todo, por la exposición dramática del impacto de la Historia colectiva en la vida privada de los individuos.

Al retratar las vicisitudes de un grupo de amigos que por diversas razones deben emigrar de la isla caribeña, el creador de El Hombre que amaba los perros intenta comprender los diferentes tipos de exilio cubano en distintas zonas del planeta. Y lo hace, alejándose de los estereotipos, de las ideas reduccionistas y de los enfoques maniqueos que muchas veces impiden comprender el componente traumático del exilio y la relación de amor odio de muchos emigrados con su lugar de origen. Un lugar que para la mayoría sigue siendo una especie de paraíso terrenal perdido, una hermosa utopía que “en algún momento se jodió”.

Así, la obra se va perfilando, por un lado, como un gran fresco sociológico con trasfondo político e histórico muy puntual (la caída del régimen soviético y el inicio del Periodo Especial en Cuba, y más tarde la inminente visita de Obama a la isla y el posible restablecimiento de relaciones diplomáticas entre estos legendarios antagonistas); y, por otro, como la saga de una amistad entrañable y la pérdida paulatina de la inocencia de unos seres empeñados en la búsqueda del sentido de la propia identidad. Una búsqueda que muchas veces termina en fracaso, incluso debido a las propias renuncias individuales, entre la nostalgia, la culpa y el odio.

Estructurada en dos planos temporales —2016 para el tiempo de la acción en presente y 1989 para episodios del pasado—, la obra fragmenta los hechos a manera de contrapunto dando continuos saltos en el tiempo, y obligando al lector a permanecer a la expectativa en torno a los secretos que articulan el modo thriller de la trama. Secretos —una foto que muestra y oculta, una misteriosa desaparición y una insondable muerte— cuya develación dosifica sabiamente un autor que domina con pericia el arte del suspenso.

Y mientras el lector va acumulando pistas para la revelación de estos enigmas, asiste asimismo al retrato de tres generaciones y su relación con la realidad política en diversos momentos de la historia contemporánea de Cuba: en primera instancia, los jóvenes que vivieron la revolución en 1959 con la creencia ciega en la construcción de una sociedad socialista justa y feliz; luego, los hijos privilegiados de esos jóvenes revolucionarios, que vivieron obedientemente los dictados del sistema, pero que poco a poco cayeron en el desencanto social e ideológico en la década de los setenta, y fueron perdiendo la inocencia en los ochenta al descubrir la cruda evidencia de una realidad brutal detrás del decorado ideológico del sistema, y, finalmente, la tercera generación, los hijos de esos desencantados, a quienes ya no les interesan ni el tema ideológico ni la política, ni la construcción de una sociedad nueva, ni la justicia social —ideales que carecen de sentido para ellos, pues han vivido la precariedad y la falta de oportunidades profesionales— y lo único a lo que aspiran es a tener dinero, un auto y una casa. Es decir, otro futuro …en otro lugar.

Para relatar este drama histórico-sociológico, el narrador de Padura adopta un tono mesurado que acertadamente aligera el peso ominoso de los hechos. Y su sentido del humor se vuelve ligeramente sarcástico cuando refiere ciertas realidades, por ejemplo, las relacionadas con las carencias materiales, con la sexualidad trasgresora o con las búsquedas trascendentes (en el catolicismo, en el budismo o en la religión yoruba). Este estilo realista discursivo —que a veces adolece de construcciones sintácticas un tanto prolijas— no pretende de ninguna manera originalidad estilística ni figuras retóricas novedosas o búsquedas poéticas. Más bien ofrece una velocidad consistente que en algunos momentos se acerca a la narración oral y sumerge al lector en el encanto de una prosa envolvente.

Es importante enfatizar el papel protagónico de esta voz narrativa. Como novela de tesis, Padura explora —en boca de sus personajes— temas inquietantes como el trauma del exilio, la propensión al fundamentalismo de sus compatriotas dentro y fuera del país, el concepto ambiguo de la felicidad de una generación que vio sus sueños convertidos en pesadilla, la corrupción de altos mandos pertenecientes a la nomenklatura, el mercado negro y el contrabando en las comunidades para sobrevivir, y las contradicciones ideológicas de quienes desde el confort neoliberal piden a los cubanos resistir hasta el final.

A través de sus creaturas, el escritor más popular y mediático de la narrativa cubana actual se atreve a una de las más honestas y a veces dolidas críticas al fracaso del sistema comunista en Cuba. Y para ello, se vale del narrador típico que adopta el punto de vista de cada personaje con una distancia cercana a su conciencia. Y el estilo indirecto libre, le permite focalizar su mente para hablar como ellos hablarían. Y, sin embargo, a veces este narrador se hace muy presente y parece opinar por sí mismo, comentar ciertos hechos y utilizar expresiones incluso coloquiales; es decir, no le interesa la neutralidad de un narrador objetivo ni mucho menos mantenerse al margen.

Así, la obra se convierte a veces en un alegato político directo por parte de personajes que reconocen con embarazo el odio entre los propios cubanos —ya sean “independentistas y autonomistas, regionalistas, proyanquis y antiimperialistas, comunistas y anticomunistas”—, o deben admitir que de poco sirvió el esfuerzo y el sacrificio, la entrega incondicional al sistema y su adiestramiento ideológico; o deben matizar su visión del mundo maniquea —países socialistas (buenos) y países capitalistas (malos)—, para ingresar al ámbito de “la libertad y las oportunidades” de los estados capitalistas con todo y su violencia y racismo, con su democracia burguesa imperfecta e hipócrita, pero democracia al fin.

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De Padura se puede decir lo mismo que se afirmó de Flaubert y su emblemática creatura. Porque si bien el autor se desdobla en muchos de sus personajes (al argumentar a través de ellos sus propias ideas sobre el exilio y su conflictiva relación con la isla), es Clara —la protagonista femenina no exiliada— en quien vemos al alter ego del escritor nacido en La Habana en 1955. Personaje femenino clave de la novela, Clara da voz a las tesis humanistas, sociales y políticas del escritor. Y a través de ella, muestra un intento de honda comprensión de la complejidad del momento histórico que retrata y de la encrucijada de su generación, una encrucijada “demasiado dramática, definitivamente cruel y hasta inmerecida (¿o muy merecida?).”

Porque Clara (Padura) admite que “quizás nunca había existido en el país tanta gente empeñada en ser mejores, tanta gente pura y convencida, favorecida con los beneficios de una sociedad y, quizás por eso mismo, tantos conformes con la obediencia exigida, con las múltiples renuncias (…) a bienes materiales, a creencias consideradas heterodoxas, a desavenencias políticas, a preferencias personales…”

Por eso, cuando se rompió “el equilibrio precario disfrazado de normalidad” (…) “Clara (Padura) quería y podía entender a los que se iban, incluso a los que soltaban sus máscaras y renunciaban a sus antiguas militancias para comenzar a profesar otras, a veces de signo opuesto, pues esa actitud encarnaba una manifestación de la condición humana en sus expresiones sociales: la simulación camaleónica, la traición, el oportunismo o la más sincera reconversión provocada por el desencanto…”

Y por supuesto, “quería y podía entender a quienes, por las razones que fuere, creyendo o sin creer, decidían permanecer y continuar sus vidas más o menos desechas, más o menos redefinidas, más insatisfechas o pregonadamente satisfactorias, enarbolando incluso su convencimiento de tener la suerte de vivir en el epicentro del mundo mejor, al cual debían profesar gratitud, fidelidad.” ¿Cómo no escuchar aquí al propio autor, que a pesar de la confesada tentación del exilio decidió quedarse y resistir?

Personaje entrañable y conmovedor (tanto como su antagonista, la manipuladora y encantadora Elisa, aunque esta por otras razones), Clara va a consagrarse en la novela como la gran protagonista cohesionadora de todos los destinos, como un símbolo del arraigo y de la resistencia, “una madre casi mítica, cubanamente sagrada”, que convierte el espacio vital —la casa de Fontanar, léase Cuba— igualmente en un símbolo del refugio, del calor humano, del espacio casi mágico para la conservación de la memoria: “…a ellos les quedaría Fontanar. El caracol de Clara. El Aleph. El centro magnético generado quizás por una piedra cobriza imantada, sacada de la tierra y devuelta a ella.”

Un refugio al cual llegará siempre el esperado del que habla Lezama Lima en su poema «El Esperado» (del poemario Fragmentos a su imán): “Al fin llegó el esperado,/ se abrieron las puertas de la casa/ y de nuevo se encendieron las luces./  […] Fuimos pasando de nuevo a la casa./ Éramos los reconocidos de siempre./ Nadie había faltado a la cita”, y que sugiere el valor del regreso gracias al poder de los afectos, la fuerza del sentimiento de pertenencia que nos obliga a regresar a las viejas lealtades.

Y esta resistencia a ultranza se traduce en la novela en una frase que adquiere rango de leitmotiv vital y emblemático, pues se menciona en varios episodios: de “derrota tras derrota, hasta la victoria final”, frase que Padura le escuchó a Elizardo Martínez, amigo suyo, un cubano que se fue de niño a Puerto Rico y murió hace tres años, y a quien está dedicada la obra. Una frase que transmite ese sentimiento de que los cubanos siempre pierden, pero les queda la esperanza de que al final ganarán.

Ya lo dijo José Saramago en El Evangelio según Jesucristo, en otro de los epígrafes de la obra: “Perderás la guerra, no tienes otro remedio, pero ganarás todas las batallas”, y que alude a aquella secreta ganancia que se obtiene incluso en la derrota. Son las victorias cotidianas que se obtienen día a día, a pesar de que al final nos sabremos derrotados por la vida. Esta es una de las lecturas que se pueden hacer del título de la novela Como polvo en el viento, título que es una frase del clásico Dust in de wind, el gran éxito de “Kansas”, la banda estadounidense de rock progresivo, muy famosa en la década de los 70. (*)

Todos hemos escuchado esta canción que ya forma parte de nuestra memoria musical. Todos fuimos tocados por el trasfondo reflexivo existencialista de esa pieza que alude a la fugacidad de la vida y a los sueños incumplidos. Y al derrumbe inevitable de todo lo que hacemos, pues nada dura para siempre: “todo lo que somos es polvo en el viento”, dice la canción. En la novela, la frase alude justamente a esa dispersión existencial que promueve el exilio, y se transforma en una metáfora de la diáspora. Esta extraordinaria novela (con su desencanto meditativo) pediría entonces ser leída teniendo como música de fondo la melodía del melancólico violín de Robby Steinhardt (por cierto, recién fallecido en julio de 2021).

 

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Nota:

 

(*) Respecto a la elección del título, el poeta cubano quintanarroense Agustín Labrada revela el momento mágico del hallazgo ocurrido en marzo de 2020, mientras él, junto con el célebre escritor y un grupo de amigos paseaban por Puerto Aventuras. Cuenta que “desde la terraza de un restaurante llegó la canción del grupo Kansas Dust in the wind, y entonces, saltando como un adolescente, el también narrador Francisco López Sacha le dijo a Padura: “Oye, oye… el título de tu novela…, porque tus personajes son eso: polvo en el viento.” Como vemos, la confluencia del azar significativo tan presente en momentos claves de la obra precedió también la cristalización en Cancún del nombre de una de las piezas literarias más exitosas del 2020.

 

 

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Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria Tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

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