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Reseña | Sobre «Poemas espirales» de Fer de la Cruz, por Daniel Medina

Poemas espirales

Poemas espirales

 

A propósito de su reciente circulación, presentamos una reseña de Daniel Medina sobre “Poemas espirales”, el último poemario del poeta yucateco Fer de la Cruz, con el cual fue galardonado con el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Mérida en su última edición.

 

 

Sobre Poemas espirales, de Fer de la Cruz

 

 

La poesía que traza sus lineamientos en el lenguaje científico (o dicho mejor: las huellas de cierto lenguaje científico) tiende a generar, en la mayoría de ocasiones, un espejismo: los lectores suelen considerar que esta “elevación” temática o lingüística es una certera ecuación especializada que se superpone, ineludiblemente, a lo literario. En realidad se trata de un montaje, una simulación de lo científico que bombardea los ejes del texto: préstamos, apropiaciones, curadurías, poesía y especulación. Pienso, por ejemplo, en algunas críticas [bastante superficiales, por no-publicadas con seriedad] hacia el reciente El reino de lo no lineal (FCE, 2020), segundo libro de Elisa Díaz Castelo (1986), al ser tratado en clave científica; el problema es la mirada con que se abordan los poemas: no son poesía científica, no son ars combinatoria, sino precisamente un montaje donde la RAE y Wikipedia son los tótems. Sucede, quizá, que los lectores de poesía, revestidos de epistemólogos, ansían otra cosa.

Algo similar podría suceder, ahora, con la publicación de Poemas espirales (Libros del Marqués, 2021), de Fer de la Cruz (1971). Del libro sabemos, en primera instancia, su clara contraposición a la Poesía vertical de Juarroz; la naturaleza de la espiral, también sabemos, es un concepto-forma que impera tanto en eventos naturales (ADN, proteínas, semillas) como, por extensión, en academias especializadas. Intuimos, con ello, que el trazo de lo vertical a lo espiral es tan adecuado como obvio, y en el mejor de los sentidos. Otra cosa que sabemos: el alfabeto griego organiza, a decir del propio autor en un texto introductorio, de inclusión cuestionable, una especie de [borrosas] secciones: “Inicia con un lirismo reflexivo e impersonal como el de Juarroz, en torno a la posible inexistencia de algo que nos sostenga como humanidad, en poemas alfabetizados cuyos títulos son alfa, beta, gama… Al llegar a los poemas iota, kappa y lamda, éstos dan un giro y se vuelven personales, anecdóticos y conversacionales. Van del lirismo filosófico al antipoema amoroso, hasta alcanzar incluso un apogeo erótico, justo en el centro, para luego volver en espiral y retomar la reflexión lírica”. No vale la pena, pues, abundar más en estas cuestiones.

Me parece más preciso pensar, lejos de un enfoque comparatista, que el método de lectura más eficaz para los Poemas espirales debe responder a una lectura de espaldas: no tensar los diálogos con Juarroz, no obedecer ni rastrear mapas conceptuales entre lo científico, lo filosófico y lo poético per se. Arriesgado, sí, pero prefiero ponderar la pertinencia e individualidad del volumen, más aún cuando abordamos la noción de montaje como un cuerpo textual que posee fugas espontáneas hacia “otros” lenguajes.

Esta es mi lectura: más allá de erigir como fuente y guía los epígrafes (el primero perteneciente a las líneas iniciales de Poesía vertical; el segundo al más afamado libro de Stephen Hawking), y entender la apertura del libro como antítesis a Juarroz, abogo por la perspectiva de atender, curiosamente, un diálogo material con otra obra de Fer de la Cruz: Osario (Pequeña Flor de Loto Ediciones, 2019): en P.E., donde nada nos sostiene, escribe: “No hay telarañas de titiritero / ni certezas de aceros medievales, / ni pilares de mithril, / ni cánones de sílice o grafeno”, mientras en Osario: “[…] podríamos reciclar los huesos / proyectar falanges en la página / percutir sus quijadas / torcer cuerdas de piano con sus tuétanos / fabricar ocarinas de sus vértebras / de sus cráneos y dientes, shequerés / y teclas de sus fémures…”. En el primer caso, una serie de materiales estables y coherentes entre sí se desestabilizan, sutilmente, con la presencia del mithril; en el segundo caso, sucede lo mismo con los shequerés. Entiéndase: a través de la enumeración (una constante en las obras de Fer,  especialmente visible en P.E.) el autor propone estos pequeños deslices o desviaciones de un estrecho campo semántico con una sutilidad tal que seduce. Esto, lo sutil, es una de las grandes virtudes del texto.

Cierto es, también, que la presencia de las enumeraciones no siempre logra esa plenitud. Mírese, por ejemplo, el poema correspondiente a épsilon: “¿Con ojos de fantasmas / o de entidades transdimensionales / o de niño extasiado hasta el asombro? / ¿Con ojos patriarcales / como creador del software primigenio? / ¿Con ojos de titanes / o dioses mitológicos enfermos de arrogancia?”. Sucede, pues, que en ocasiones se recurre a este otro lenguaje que, en su implicación formal, se adivina artificioso, intrusivo e hiperbólico. Algo similar pasa cuando aparecen adjetivos como agusanado, macrocósmico u orbital.

Es probable que, junto al Epílogo, el poema correspondiente a nisea de lo mejor del libro: se trata de una pieza especialmente breve entre tantos campos de lectura que, de gran manera, alberga un aliento erótico sin abandonar el ejercicio de “evocar la ciencia”, pero nuevamente con esa sutilidad característica: “Regresemos el tiempo: hoy era sábado”, verso que de inmediato remite al concepto último del poema anterior: la singularidad [espaciotemporal], tomando por tiempo la regresión sabatina, y por espacio la corporeidad del eros. Decir, para no dejar al aire la mención al Epílogo, que ese texto final realiza un tránsito por las Eras con una remembranza parcial hacia el Soliloquio del individuo que todos conocemos.

Buena parte de los Poemas espirales se construyen de la misma manera: extensiones casi idénticas, enumeraciones como núcleo estrófico, anáforas con aparición intermitente, esquemas interrogativos, alguna sustancia prosopopéyica. Esto no es, en realidad, un punto débil: la secuencia de lectura tiende a generar, tal como se revela con el [pen]último texto (el alfa-omega con toda su carga simbólica), que todos los textos delinean la espiral, con sus círculos y semicírculos en parentesco, para ir del inicio al final del “todo” que a la vez pregunta por la “nada”. Lo que vemos, en teoría, es la espiral haciéndose como ilusión óptica, trampantojo del sentido.

Esta arquitectura conceptual, que en fondo es sencilla por fácilmente digerible y apoyada en los mecanismos de la tradición, no elude una lectura minuciosa y, digamos, más lineal, exigiendo de cada poema una lectura unívoca en lo concerniente a Los Significados. No es posible, por tanto que se busque, esta doble ganancia: los riesgos retóricos de prestarse a un formato-entramado obliga, a través de las limitaciones del poeta, a decantarse hacia algún puerto. Espirales, circularidades, acotaciones del lenguaje científico: diría que Fer de la Cruz decidió arrojarse a este ámbito, sacrificando algunas cualidades normalmente intrínsecas de la poesía [entendida tradicionalmente] sin que eso signifique, desde luego, una mala decisión: es en realidad un efecto secundario.

 

 

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Poemas espiralesDaniel Medina nació en Mérida, Yucatán, en 1996. Ha publicado El sonido de los cascos al chocarse (Poesía Mexa, 2020), El dolor es un ensayo de la muerte (Fósforo, 2020), Médium (Sangre, 2018) y Una extraña música (Sombrario, 2018). Colaboró en medios como Punto de Partida, Les écrits y Tierra Adentro. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Joven Jorge Lara 2014, Premio Peninsular de Poesía José Díaz Bolio 2017 y el Premio Nacional Universitario de Poesía José Emilio Pacheco 2019. Director de Ediciones O, colaborador de Cracken Fanzine e integrante del Centro de Experimentación.

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