Jardines

 

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Notas sueltas sobre los jardines de Marco Antonio Murillo y Julia Cardos

 

1

 

El día que conocí a Marco me habló de su jardín mientras bebía una cerveza que se entibiaba en una noche calurosa de Mérida. En aquellos días, él tenía pinta de metalero y el cabello largo: amigable no era una palabra que uno pensara al verlo. Era la novatada de la universidad donde estudiábamos y yo era un “pavo” destinado a servirle, pues generosamente me había comprado de la subasta pavil. Mis servicios se redujeron a rellenar su vaso de cerveza y a escucharlo hablar: ya en ese entonces tenía fama de ser el alumno más versado en los asuntos de la poesía, no en vano le apodaban “Petrarca” y, para los amigos, “Petri”. Marco hablaba con precisión de cualquier hierba posible y, sorprendido por mi abstemia cervecera, hacía disquisiciones doctísimas sobre las virtudes de la cebada. En el fondo, a mí me daba la impresión de que Marco siempre estaba hablando de poesía.  

 

2

 

Octavio Paz dice en su famoso ensayo sobre Ramón López Velarde, en mi opinión con algo de celo y envidia, que la muerte prematura del poeta jerezano cortó su obra precisamente cuando ésta se expandía del canto ingenuamente erótico hacia “una contemplación amorosa de la realidad”.  “Rota alcancía de olores / fue el poema…”, dice Marco Antonio y a mí me parece escuchar de lejos el acentuado verso de Velarde. De una cosa estoy seguro, incluso Octavio habría reconocido en Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, libro merecedor del Premio Ciudad y Naturaleza José Emilio Pacheco 2020, esa “contemplación amorosa de la realidad”.

Me pregunto si el libro de Marco es una “rota alcancía de olores”. De algo estoy convencido, hay ruptura, unidad y descanso, progresión, alternancia de secciones donde se desarrolla la historia de Julia Cardos (“Biologías” e “Imaginaciones”) y apartados de largo aliento donde se escenifican poemas contundentes, uno a modo de paréntesis, ubicado entre las secciones dedicadas a Julia, bajo el título de “Cantos” cuyo único poema es “Canción de hierro y horizonte”, y otro poema de largo aliento en el apartado a modo de “Epílogo” que cierra el libro con una conversación en una habitación de hotel entre el yo lírico y Antonio Cisneros. He aquí un ejemplo de la contemplación amorosa del mundo vegetal por parte de Marco:

 

Quizá plantas y santos no sólo compartan las formas del suplicio, también cierta irradiación que llega después y viene de más allá de nuestros jardines. Es la energía solar de la divina gracia; la misma luz no usada que alienta la fotosíntesis.

 

 

3

 

Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos es un tratado en contra de más de un siglo de discusiones antropológicas sobre la dicotomía naturaleza y cultura. Marco Antonio Murillo muestra cómo en Occidente, adentro de nuestra propia tradición (como sucede en otras sociedades no occidentales y que antropólogos como Philippe Descola han dado cuenta de ello a través de rigurosa investigación etnográfica), también existe un continuum entre naturaleza y cultura que, en definitiva, es una separación artificial y ficticia: nuestra relación con el mundo es orgánica, siempre lo ha sido, y quizá tantas discusiones científicas han empañado esta sutil verdad. De aquí la importancia de leer, quiero decir, la urgencia de leer en estos tiempos pandémicos un libro con la sensibilidad como el que ha escrito mi amigo peninsular Marco Antonio Murillo.

 

4

 

Otra virtud de Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos, más allá de su innovadora visión sobre el mundo natural en un continuum de ida y vuelta, de lo botánico a lo hagiográfico, de lo natural a lo cultural, es el haber rescatado a un personaje oscuro de la historia de la ciencia en México: Julia Cardos. Como ha sucedido con tantos personajes extravagantes e inusuales de nuestra historia científica, cuyas contribuciones se mantuvieron al margen de la Gran Ciencia por haber sido sospechosamente artísticas: la biografía de Julia Cardos Carracedo es un recordatorio cruel de las constricciones que la objetividad impone al mundo. Pienso en los arqueólogos yucatecos José Díaz Bolio y Luis Rosado Vega que, por sus trasfondos literarios, nunca fueron tomados en serio por el gremio científico de la arqueología nacional y su bastión institucional, el INAH.

Curiosamente, durante mis estudios de posgrado, cuando recuperaba la historia de Luis Rosado Vega y la Expedición Científica Mexicana, me encontré en el Archivo General de la Nación (AGN), en la sección de expedientes descatalogados perteneciente al antiguo archivo de la Secretaría de Educación Pública, una carpeta con recortes periodísticos de distintas conferencias científicas y educativas que se impartieron en la Ciudad de México entre 1905 y 1929. Recuerdo con precisión ese legajo porque ahí encontré varias notas que luego resultaron vitales para mi investigación. Un recorte fechado el 5 de noviembre de 1906, consignaba (escribo de memoria, así que me disculpo de antemano por cualquier imprecisión en los datos), que Julia Cardos había impartido en el Casino de Santa María, una conferencia titulada “El salmo del asfódelo”. Este dato no carece de importancia pues el susodicho Casino fue la primera base de operaciones, entre 1907 y 1908, de la Sociedad de Conferencias que llegaría a ser el conocido Ateneo de la Juventud. Julia Cardos tal vez sea el antecedente, la raíz soterrada, como tantas otras mujeres, de un celebre momento de nuestra cultura nacional. Lo que es indudable, es que la audiencia de aquella charla que Julia impartió a finales de 1906 nunca supo si la conferencia versaba sobre los vericuetos bulbosos de la filología grecolatina o de los papeles más sutiles de la botánica avanzada.

Consigno ahora unos datos de aquella brumosa nota periodística que ahora me parece haber visto entre sueños y no en medio de aquel verano de 2017 cuando colectaba las fuentes primarias para escribir mi tesis. Julia Cardos Carracedo, contrario a lo que se pueda pensar, no era mexicana sino oriunda de algún país tropical latinoamericano, probablemente Colombia. Aunque mucho más joven que ella, trabó amistad con el escultor Rómulo Rozo. No se sabe exactamente en qué fecha llegó a México, pero es muy posible que haya sido después de su estancia en Grecia, donde recopiló y tradujo los salmos del asfódelo, de los cuales Marco recupera una parte. Lo que es innegable es que para 1905, Julia ya era una habitante en carne y hueso de nuestro país. Testimonio de ello es la publicación de su obra cumbre y desconocida Los frágiles hijos de la mandrágora, de la cual únicamente persiste, acaso, la copia resguardada por el librero de El Burro Culto. “Leer –dice Maro Antonio Murillo– es siempre la búsqueda de eso que un día perdimos”. ¿Me pregunto si en el fondo tan sólo me embelesa y engatusa? No recuerdo más de aquella nota que, ahora que lo pienso, se parecía a los brazos abiertos de un asfódelo ajado de papel periódico, casi ceniza.

 

5

 

Vuelvo a la naturaleza (o tal vez no). Pienso que este libro es heredero de muchos otros, como toda buena escritura que se precie de serlo: raíz de raíces. En Marco respiran todos los jardines de la tradición, algunos explícitamente mencionados en sus versos; otros, no. Al transitar por este libro venía una y otra vez a mi mente unos versos de Alberto Caeiro:

 

Vi que no hay Naturaleza,

que Naturaleza no existe,

que hay montes, valles, llanos,

que hay árboles, flores, hierbas,

que hay ríos y piedras,

pero que no hay un todo al que esto pertenezca,

que un conjunto real y verdadero

es una enfermedad de nuestras ideas.

 

La Naturaleza es partes sin un todo.

Éste es tal vez el misterio del que hablan.

 

¿Y no es el libro de Marco Antonio Murillo, precisamente, una continuación de ese misterio, una vuelta más en torno a ese extraño idioma de la hierba o los salmos del asfódelo que un día Julia Cardos recuperó y ahora Marco reintroduce en el mundo como quien canta por primera vez lo que yacía enterrado? Me gusta pensar que Caeiro y Marco son buenos amigos, al menos en la entelequia de quien retoma el camino, tira al aire una moneda griega echa añicos, y se descubre diferente y mismo, de lo ya andado.

 

 

6

 

Hay algo ominoso en este libro. Sobre todo en ese poema intermedio, parentético, “Canción de hierro y horizonte”, emplazado en un viaje en coche con el compañero Thomas a través del desierto hacia un prometido, casi espejismo, añorado, recurrente, como los espectros o los aparecidos en el paisaje, quiero decir, el mar. ¿No es en el fondo este road trip, casi rulfiano o dantesco, una reelaboración de aquellos famosos verso de Manrique?

 

Nuestras vidas son los ríos

que van a dar en el mar

que es el morir…

 

¿No son estos personajes que bogan a través del asfalto, río de la civilización, en medio del desierto, una actualización de aquella imagen de Manrique?, ¿por qué Thomas nunca responde?, ¿qué extraño lugar es este desierto con fondo de mar cruzado por un río hecho no de agua sino de asfalto?, ¿Thomas será acaso un nombre perdido de Caronte? Este potente e inquietante poema es, para mí, el mejor ejemplo de la poesía de Marco Antonio Murillo, la tradición siempre palpita en lo profundo de sus imágenes y se extiende hasta ser otra y la misma en una salida que nunca llega, ¿o tal vez sí?:

 

…Al frente

siempre creo ver la salida:

vaporosas casetas de cobro,

una gasolinería abandonada,

 

varios vehículos bogando agua, 

pero nunca se acaban las líneas del asfalto.

 

Espejismos:

 

mares al fondo,

moribundos brillos                        

de fondo, 

 

fantasmas que al divisarlos se borran.

 

La verdadera riqueza del mundo es la muerte. Thomas…

 

 

7

 

Esto es un epígrafe, un epílogo, una larga cita para abrir o cerrar, la conversación entre un cierto poeta, alías yo lírico, y Antonio Cisneros en una habitación de un hotel de Reforma o un poema titulado “La luna era una telaraña azul quemándose en la imaginación”:

 

Después hablamos sobre los gringos, de cómo en 100 años habían destruido la naturaleza, pero antes

sus poetas la preservaron en los distintos rumores que pueden germinar de un

yambo:

Dickinson olía a flores silvestres,

Williams olía a flores silvestres,

Ginsberg olía a flores silvestres,

 

pero sólo Elliot, que siempre vestía un smoking recién planchado, supo que

en la muerte  está la verdadera riqueza del mundo.

 

¿No te parece que leerlos es también como dedicar tiempo a las plantas?

 

En el jardín de Marco Antonio es más fácil escuchar la voz de los que se han ido, entre las macetas y los arriates, habla con los muertos, los escucha en el ensalmo del asfódelo, o en las hojas que se desprenden de su tallo para volver a su destino terroso. Marco habla con todos los muertos de una tradición que hace suya, digerida a lo T.S. Eliot en su Tierra baldía o “La balada de amor de J. Alfred Prufrock”. Así, Murillo a ratos conversa sobre botánica con Dickinson, otras de flores comunes con William Carlos Williams, algunas otras aspira el olor acre de la pipa llena de marihuana de Ginsberg, y en noches especiales, pasa largas veladas hablando de macetas llamadas Kosmos con Antonio Cisneros. Ahora pienso en Marco, yo, que no tengo un jardín en casa; yo, que sólo tengo algunos tiestos con plantas que no merecen si quiera el nombre de hierba; yo, que sólo tengo entre mis manos Tal vez el crecimiento de un jardín sea la única forma en que los muertos pueden hablarnos. Pienso en Marco, sí, y lo veo cuidando las flores de las cuales me habló un día hace muchos años en medio de una fiesta, con una cerveza en la mano y, justo ahora, estoy seguro, su nariz aspira el dulce aroma de una flor sin nombre, esa, la que un día, con cuidado y paciencia, sembró como un salmo en la raíz de un asfódelo.

 

David Anuar

Mérida, Yucatán

4 de mayo de 2021

 

 

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PoesíaDavid Anuar (Cancún, Q. Roo, 1989). Poeta, dramaturgo y traductor. Licenciado en Literatura Latinoamericana (UADY, 2013) y maestro en Historia (CIESAS, 2018). Becario del PECDA (2012, 2015) y de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020). Ganador del Concurso de Cuento Corto Juan de la Cabada (2011), del Premio Francisco Javier Clavijero a la mejor tesis de maestría (2019), del Premio Estatal de Poesía Tiempos de Escritura (2020) y del Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos (2020). Autor de Erogramas (2011, Catarsis Literaria El Drenaje), Cuatro ensayos sobre poesía hispanoamericana (2014, Ayuntamiento de Mérida), Bitácora del tiempo que transcurre (2015, Ayuntamiento de Mérida), Estrellas errantes (2016, UAEM) y Memoria de Gabuch (2020, ICAQROO). Editor de la antología Contramarea. Breve antología de poesía joven de Quintana Roo (2017, Plataforma Colectiva), y de la obra completa de Adriana Cupul Itzá, Y mi cuerpo no ha muerto. Poesía recuperada (1993-2002) (2019, IMCAS). Su obra poética y narrativa ha sido traducida al inglés.

 

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