Reseña

Reseña | Después del invierno, del extrañamiento al autoconocimiento, por Miguel Meza

 

Guadalupe Nettel es considerada una de las narradoras fundamentales de la literatura latinoamericana actual. En esta reseña para Vértice, Miguel Ángel Meza aborda Después del Invierno, su última novela, catalogada “como una pequeña joya de brillo singular” en el corpus de su obra.

 

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Si hay una característica que define el pathos narrativo de Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) es su capacidad para crear atmósferas de amenazante desasosiego interior. Atmósferas donde flota un inquietante velo de extrañamiento íntimo y privado. E ingresar en su mundo —un mundo declaradamente autobiográfico— genera en el lector, y aquí lo paradójico, una empatía emocional intensa donde cada uno se reconoce en mayor o menor medida y comparte el drama existencial de sus personajes, sin importar la gradación de ese reconocimiento ni la diversidad de las circunstancias.

Nadie, que sea honesto en el autoconocimiento, elude sus propias oscuridades. Los sesgos anormales en el perfil oculto de nuestra presunta normalidad —que a veces rozan incluso lo patológico— sorprenderían a más de uno, parece decirnos la autora. Y es aquí donde Nettel coloca su lupa, atípica y familiar al mismo tiempo, para delinear el retrato de personajes que van develando paulatinamente sus dudas y tormentos vinculados a tópicos que pueden resultarnos muy cercanos: la soledad, la automarginación, la conciencia del absurdo vital, la fascinación por la muerte, y las paradojas del amor, con sus encuentros y desencuentros: “¿Qué es lo que uno ama en el otro? (se pregunta uno de los personajes). Yo creo que el estilo —eso que está debajo de lo que llaman ´química´, una forma más o menos permanente de estar en el mundo, una manera indefinible de ayudar a los otros a conocerse y adaptarse—.”

Enmarcada en un realismo psicológico con matices de romanticismo oscuro muy decimonónico y un cierto aire gótico debido a sus ambientes, atmósferas y temas, Después del invierno (Premio Herralde, 2014) es una novela raramente extemporánea dentro del canon de la literatura mexicana actual. Un canon dominado en estos momentos por varios tipos de novela que exponen de manera descarnada la corrupción política y la descomposición social, o incursionan en la investigación acuciosa para documentar y novelar la historia más reciente, o eligen moverse en las turbias aguas de la violencia de la delincuencia y el narcotráfico, o exploran perspectivas inusitadas de las relaciones eróticas clandestinas y los laberintos de la perversión.

Nada de ello interesa a la mirada intimista de Nettel. Su realismo psicológico enfatiza en cambio la descripción de los estados de ánimo de personajes a partir de acciones externas narradas por ellos mismos, pues la novela se cuenta a dos voces alternadas en primera persona. Y de sus reflexiones en espejo se desprende un tipo de ser humano solitario, estigmatizado por su pasado, con obsesiones, neurosis y miedos existenciales. La novela muestra —como dice la propia Nettel— “esa dificultad para levantarnos cada mañana con nuestras heridas, nuestras llagas y esas ganas de tirar la toalla que tenemos a menudo”.

El romanticismo oscuro en el que se inserta Después del invierno aflora de manera insistente en la sutil pero evidente intertextualidad con que dialoga la obra. Primero los versos de Baudelaire (Y fúnebres carrozas… desfilan por mi alma; la esperanza, vencida, / solloza, y la angustia atroz, despótica, clava en mi cráneo inerte su negro pabellón); luego, la cita de Roberto Bolaño (Follar es lo único que desean los que van a morir), y en otros momentos alusiones al romántico alemán Hoffman y su novela gótica de 1815 Elíxires del diablo, o a la ley espiritual que invoca uno de los personajes, Tom, el amante de Cecilia, para que esta cumpla su misión en la vida hasta el final y se esfuerce en dialogar con las voces de los muertos amados.

Todo esto subrayado por la banda sonora de Keith Jarret y Ry Cooder, pero sobre todo por la de Nick Drake, el cantautor inglés muerto a los 26 años, tal vez por suicidio o accidente debido a una sobredosis de antidepresivos, y cuya Pink moon —el símbolo de la muerte que a todos nos alcanzará— encabeza uno de los capítulos y alude al tema de la depresión que de alguna u otra forma sufren los personajes. Porque la muerte se erige como el leitmotiv de la obra: “La gente se muere —reflexiona en algún momento Cecilia, la protagonista—, deja su nombre escrito sobre una lápida, sus vidas dejan de correr en línea recta. Desaparece el cuerpo y con él su rutina, sus necesidades, pero quedan una infinidad de pruebas. Las emociones que cultivaron (…): la ira, la frustración, también el desamparo y la ternura”.

Los personajes insisten en este sentido: el propio Claudio —el coprotagonista— ve su departamento como una tumba donde le gustaría ser enterrado. Y Tom, que se define como un ser fronterizo que se siente cómodo en zonas intermedias, adora los cementerios, cuyos muertos “decidieron que ellos vivieran ahí”, y afirma que no le asusta el cementerio sino la decrepitud, la enfermedad y la muerte: “solo cuando la muerte se anuncia como una fecha probable empieza a interesarnos en verdad seguir en este mundo”.

El título Después del invierno es en realidad una metáfora clásica, que expresa el renacimiento espiritual que esperaría a la protagonista. Al invierno anímico, con sus gélidas tristezas, les sucede quizá la esperanza y un porvenir abierto a otras aventuras. Pero nada se puede asegurar en este final semi abierto, porque la vida —parecería decirnos la escritora— no es una historia con final justo y feliz.

Con una estructura equilibrada y sólida, y un ritmo que seduce porque carece de estridencias, Después del invierno es una novela que perdurará en el corpus narrativo de Nettel como una pequeña joya de brillo singular. Su prosa clásica y nítida, sin afanes experimentales, consecuente con los temas que atañen a su mundo personal, conforman ya un estilo. Así lo percibimos ya en la autobiográfica El cuerpo en que nací (2011) y en ese ramillete magistral que conforma los cuentos reunidos en El matrimonio de los peces rojos (2013). Por esta consistencia en ascenso, no nos quede duda de que este brillo singular pronto podría deslumbrar más con una obra mucho más ambiciosa aún.

 

 

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Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

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1 comentario

  1. Qué buena radiografía de la novela. Me invita a comprarla y degustarla con unos mates mañaneros. Gracias Miguel por tus pinceladas para Vértice!

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