Por Miguel Ángel Meza

 

Conocer la dimensión humana del escritor consagrado ha seducido desde siempre al lector común. Adentrarse en la vida cotidiana de los escritores famosos, atisbar en sus pueriles debilidades y sorprenderlos en sus ridículas extravagancias ha sido también interés de los críticos al intentar comprender al ser humano detrás de la figura paradigmática que la historia ha subido al pedestal inviolable de la fama.

De acuerdo con este criterio, el novelista español Javier Marías (1951) ofrece en Vidas escritas(Siruela, 1997, Alfaguara, 2015, en edición ampliada) veinte breves biografías de grandes escritores y cuenta algunos retazos de sus vidas cotidianas, anécdotas sabrosas de sus fobias y sus filias y chismes que suscitan el morbo y la curiosidad, pues están relacionados con rasgos y actitudes de sus personalidades. El resultado es una de las obras más irreverentes y amenas que he leído en este género en mucho tiempo (y que releo de tanto en tanto, siempre con gusto); un libro que, estoy seguro, ocasionará escozor en los devotos de las hagiografías, pues el retrato disminuye ética y moralmente a los santones literarios.

Marías no emite juicio alguno sobre el trabajo artístico de estos genios, “y la simpatía y antipatía con que los personajes son tratados —aclara el autor— no se corresponde necesariamente con el aprecio o menosprecio que pueda sentir hacia sus escritos”. Pertinente aclaración si tomamos en cuenta que la imagen resultante de los elegidos se contrapone, en muchos casos, a la que nos ha dejado su obra, ésta sí, entre las más altas de la literatura del siglo XX, incluso si no están entre nuestras preferencias. Esa imagen, por ejemplo, a veces es aburrida e impasible (Lampedusa, Stevenson, Rilke, Barnes); en algunos, incluso ridícula (Joyce, James, Faulkner, Wilde); en otros, extravagante (Nabokov, Sterne, Isak Dinesen); y en otros, más aún: patética (Mann, Lowry, Mishima). No obstante, en todos es sumamente divertida, si bien se nota la parcialidad de los afectos del biógrafo.

Si algo favorece la recomendación de esta lectura no es tanto la elección de las anécdotas (pues son muchas y algunas tan excéntricas que parecen inventadas) como el tono antisolemne del trazo con que son contadas y el estilo elegante y fluido de la prosa de este autor, creador de una de las novelas más memorables que he leído (Mañana en la batalla piensa en mí, de 1994). Pero a diferencia del estilo desarrollado en su proyecto narrativo —un estilo profundamente digresivo, casi especulativo y orientado hacia la reflexión libre, sobre todo a partir de la novela mencionada, que marca sin duda un antes y un después en su pluma—, aquí disfrutamos de una prosa amena y clásica.

El madrileño hace sonar a lo largo de esta lectura un retintín guasón y simpático que sostiene en vilo la sonrisa del lector, y destila una ironía maliciosa al confrontar la gran seriedad con que se tomaban algunos de estos ilustres personajes y las anécdotas que los muestran como realmente eran: vanidosos, egocéntricos, pagados de sí, petulantes, exhibicionistas y excéntricos, ni más ni menos que como cualquiera de nuestros insufribles contemporáneos.

El desprecio del huraño Faulkner a sus admiradores (a su muerte se encontraron pilas de cartas, paquetes y manuscritos enviados por éstos, que jamás fueron abiertos); la angustia tensa e irritable del enigmático Conrad (y sus distracciones con el cigarro que incendiaban sábanas y manuscritos); la inconstancia de carácter de la sifilítica Isak Dinesen (a cuyos arrebatos de ira seguían inmediatos momentos de insólita suavidad); la altivez del petulante Joyce y su coprofilia (descubierta cuando se publicaron las cartas obscenas que envió a su esposa Nora);  la tristeza de Lampedusa y su voracidad lectora (leía en cuatro horas, sin moverse, una gruesa novela de Balzac, de cabo a rabo); el horror del puntilloso James a la inexactitud y el equívoco (que lo llevaba a emplear tres minutos en dar una simple orden a una empleada); la insensibilidad del autoritario Conan Doyle (que aceptaba la visitas de su novia mientras su mujer estaba agónica); la generosidad e impertinencia del contradictorio Stevenson (que era capaz de corregir un adjetivo en un manuscrito ¡del propio James!); la homosexualidad no asumida de Mann (y su debilidad por los jovencitos), y los escupitajos del piojoso Rimbaud sobre los poemas que le daban a leer; son sólo mínimos detalles de la riqueza anecdótica contenida en estos retratos.

Al concluir la lectura de Vidas escritas, uno se siente tentado a validar a su autor cuando afirma que en muchísimos casos el artista perfecto es el artista que no conocemos en persona, o en todo caso el artista muerto. Y en efecto, la posteridad cuenta con la gran ventaja de conocer la obra de los escritores sin el terrible inconveniente de tener que padecerlos.

Como se sabe, Javier Marías —eterno candidato al Nobel— es uno de los escritores emblemáticos de la literatura hispanoamericana. Casi clandestino para muchos lectores (a pesar de la fama adquirida con Mañana en la batalla piensa en míy de que su obra ha sido traducida a más de treinta y dos lenguas), Marías es, a decir de J. M. Coetzze, uno de los mejores escritores europeos contemporáneos.

Vidas escritas—a la que siguió una recopilación parecida, Miramientos, del mismo año, pero de autores españoles, igualmente a partir de fotografías de cada uno de ellos— podría ser una grata puerta de entrada al proyecto narrativo del también miembro de la Academia de la Lengua Española. Un proyecto narrativo que subyuga por su inteligencia turbadora, y por la complejidad persuasiva de su particular manera de entender lo digresivo como estructura de narración.

Al respecto, el propio autor ha dicho: “mi intención es que ante mis dilaciones literarias cada interrupción tenga un interés en sí mismo aun a riesgo de olvidar dónde estamos. Me gustaría ser el tipo de escritor como los que me gustan a mí: que me dé igual de lo que hablen, quiero sólo que sigan hablando.”

 

 

 

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Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

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