Reseña

Reseña | El vendedor de silencio, por Miguel Meza

Enrique Serna

 

A propósito de la aparición de El vendedor de silencio de Enrique Serna, Miguel Ángel Meza realiza, en la siguiente reseña para Vértice, un recuento de sus atributos y enlista los motivos por los que es considerada por la crítica literaria como una de sus mejores novelas.

 

 

Por Miguel Ángel Meza

 

Cuando apareció El vendedor de silencio (Alfaguara, 2019), la recepción crítica celebró sin reparo y de manera abrumadora el extraordinario acierto de Enrique Serna (1959) al rescatar a uno de los personajes más paradójicos del periodismo mexicano, Carlos Denegri, “el mejor y el más vil de los reporteros” —según la multicitada, certera e inevitable frase de Julio Scherer, su antagonista ético. Igualmente aplaudió el retrato descarnado del sistema político autoritario y corrupto que permitió el surgimiento de villanos como este, un sistema cuyo peor legado en la actualidad aún sigue lastimando de muchas formas la relación entre gobernantes y gobernados.

La recuperación novelada de la figura arquetípica de quien ejerció las peores prácticas del periodismo en el antiguo régimen —influyentismo indignante, chantaje como método para obtener información y sobornos inescrupulosos para silenciarla—, trajo a colación asimismo la revisión de uno de los temas centrales en la relación actual entre el poder político y económico, y el llamado cuarto poder, el ejercido por el gremio periodístico. Este gremio y sus libertades críticas —ganadas a pulso justamente en la época en que Serna sitúa la degradación de su personaje (1967-1970)— aún enfrentan desafíos importantes no solo provenientes de las lacras que perduran de aquellos oscuros años sino de una nueva amenaza, como bien ha apuntado el propio escritor: la del crimen organizado.

Este tema central se encuentra sin duda presente en la actualidad del debate público: ¿hasta dónde la prensa independiente de nuestros días ha resistido los embates perversos de aquellos políticos que, desde el poder y la delincuencia, intentan acallar la libre expresión y el ejercicio de la investigación crítica? ¿Hasta dónde la eliminación de publicidad oficial, pagada o no, y la remuneración de “servicios informativos” (ahora a través de las redes) se continúan ejerciendo como una práctica viciosa por parte de algunos medios y periodistas afectados por el cambio de régimen, o por parte de políticos que buscan con estas dádivas mantener prerrogativas corruptas y de esta forma llevar agua a su molino ideológico? Estas son algunas preguntas que punzan al lector mientras transita por estas casi quinientas páginas vertiginosas.

 

Entre la verdad y la verosimilitud

Lo que no se ha resaltado lo suficiente, me parece, es el virtuosismo formal desplegado por Serna para salvar el escollo nodal de una obra que se presenta como novela histórica y que recupera a un personaje real. El obstáculo, extraordinariamente resuelto por el escritor, es la representación literaria de hechos inexistentes, o no suficientemente documentados o acallados por protagonistas que rechazaron ser entrevistados; y, sobre todo, la inmersión del autor en la conciencia de una mente como la de Denegri con el afán de comprender su misoginia patológica, la oscuridad de su carácter brutal y ambiguo —entre prepotente y frágil— y el origen de su trauma, lo que en la novela se llama el pecado original de los padres.

Si bien la ambientación de la época no representó un problema para el escritor —dilema oficiosamente salvado en El seductor de la patria (1999) sobre López de Santa Anna, zanjado con exhaustividad en Ángeles del abismo (2004) sobre una mujer enjuiciada por la Inquisición en el siglo XVII, y resuelto con brillantez ahora en este fresco histórico que va de los años treinta a finales de los sesenta—, es en la recreación de hechos inexistentes o poco documentados donde el autor pudo haber tropezado, pero que resolvió estupendamente con las herramientas del novelista, esa mezcla de imaginación y conjetura que le permitió dar congruencia narrativa a una trama verosímil, que no veraz.

En la Posdata de la obra, Serna aclara que “el novelista no aporta pruebas de las verdades que intuye, pero la ficción le da mejores armas para entretejer el destino individual con el colectivo. Esta novela mezcla libremente personajes y situaciones ficticios con hechos y personas de la vida real”. Y por eso, dice, decidió también cambiar los nombres de las mujeres del periodista, y atribuirles rasgos de carácter y ciertas conductas para convertirlas en personajes imaginarios, si bien “algunos datos biográficos de las mujeres a quienes amó, torturó y humilló, son verdaderos”.

Por ejemplo, una situación solventada en la novela por pura conjetura es la exclusión de Denegri de Excélsior por parte de Julio Scherer a partir de la segunda mitad de 1969. En una entrevista a Proceso, el propio escritor declaró que no sabe si eso ocurrió. “Pero sé exactamente por el testimonio de la mujer que le quitó la vida (Linda Denegri), que estaba ya en la locura absoluta, que a ella y a sus hijos los había perseguido por la azotea de la casa tirándoles balazos. Y entonces deduzco que esos escándalos tienen que haber tenido mucho que ver en esa decisión de Scherer de apartar a un hombre que estaba perdiendo completamente el control de sus actos. Hay que hacer ese tipo de conjeturas, que la novela sí permite, a diferencia de la historia”.

Asimismo, es notable la invención del diálogo entre Denegri y Jorge Piñó Sandoval, situado en el centro mismo de la obra (lo cual, dicho sea de paso, aporta belleza y armonía a la estructura, al alternar y fragmentar el episodio con la historia del origen de la deshonra de Denegri, quien sometió en ese momento el futuro de su profesión a su mentalidad empresarial). Serna lo incluye, no solo para honrar el valor civil del periodista aguerrido que fue Piñó Sandoval y para mostrar que “no todo fue tan negro en el periodismo mexicano de esa época”, sino para confrontar dos maneras de ejercer el oficio.

En este supuesto diálogo, el periodista rebelde e independiente le pregunta al periodista pragmático, de doble moral y acomodaticio: ¿en qué momento se volvió cínico?, ¿en qué momento perdió el deshonor y el prestigio en el periodismo?, deshonor que arrastró incluso cuando ya era un escritor de inigualable talento, que elevó la crónica periodística a alturas literarias, que dominaba varios idiomas, que había entrevistado a las más importantes personalidades de la política internacional, y que se codeó con las figuras de la cultura y del espectáculo.

Las respuestas se ven más adelante, cuando se refiere el que quizá es el momento más importante en la vida del joven Denegri, al aceptar ser censurado por Rodrigo de Llano, su jefe, y asimilar como forma de vida el argumento cínico de este: “los periodistas deben estar informados de todo, pero no necesariamente publicarlo”. Y luego la enseñanza que da origen a su corrupción, la de tener información privilegiada y extorsionar con ella a los involucrados: “un periodista gana más dinero por lo que se calla que por las denuncias”. (…) “En este negocio no solo vendemos información y espacios publicitarios: por encima de todo vendemos silencio”, de ahí el título de la obra.

 

Radiografía de una conciencia misógina

 

Ahora bien, hay hechos brutales de la vida personal de Denegri, esos sí, suficientemente conocidos porque fueron escándalos públicos y porque configuraron la leyenda negra del periodista alcohólico y prepotente: su arribo a caballo a los pasillos del hospital el día que murió su padrastro; el borracho que le prendió fuego al trasero de una mulata; el júnior que transó con corruptelas mientras su padre fue embajador de México en España durante la Guerra Civil; el hombre que enlazó a su sirvienta y la arrastró por las calles, el que vejó a sus mujeres verbal y físicamente, a la última de las cuales, veinte años más joven que él, intentó matar.

Sin embargo, si Serna se hubiera limitado a novelar estos hechos, la obra no hubiese conmocionado tanto a los lectores, a pesar de los logros arriba mencionados. Me parece que el gran acierto del escritor, su aportación genial, es su atrevimiento para abismarse en el alma patológica de esta figura real e intentar descifrar mediante la ficción las causas no solo del machismo tóxico del personaje —que corresponde sin duda al machismo tóxico de nuestra civilización patriarcal—, sino rastrear el origen de su misoginia, que también es la misoginia de una época.

Es aquí donde la novela se eleva a alturas conmovedoras, que obligan a la reflexión porque atañen a la conciencia moral de todo aquel que se acerque a esta magnífica pieza literaria. Al adoptar el punto de vista del personaje y focalizar en todo momento su conciencia, intentando reproducir el drama de sus contradicciones y su sufrimiento, Serna realiza un auténtico estudio de carácter. El personaje arquetípico resultante roza la farsa y la tragedia por igual y toca las fibras del lector, quien, sobrecogido por la repugnancia, no deja de reconocer las irradiaciones de esa misoginia hasta nuestros días en que las mujeres de hoy han visibilizado la barbarie de la violencia machista que parece recrudecer con lamentable impunidad.

Como buen escritor satírico —tal vez el más importante en la literatura mexicana actual—, Serna no solo exhibe el estilo y el tono que lo distinguen como uno de los mejores prosistas, ese estilo feroz, corrosivo y epigramático, cargado de ironía y humor negro. También se suma a la tradición de los satíricos moralistas, en el sentido de la defensa de una ética humanista que condena implícitamente el abismo del mal y la incapacidad del amor de un alma atormentada como la de Denegri.

¿Cómo pudo un hombre tan brillante convertirse en un monstruo moral? La respuesta la da Serna en una reciente entrevista: “El machismo, que es la incapacidad de amar, de entregarse a la mujer, es algo que lo fue minando hasta hacerlo pedazos. Pienso que un personaje igual de cínico y transgresor, realizado amorosamente, tal vez hubiera tenido una vejez plácida. Pero Denegri era un personaje con una fuerte inclinación hacia la tragedia, y eso me atrajo mucho, que tuviera ese punto débil”.

 

 

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Miguel Ángel Meza. Ciudad de México. Poeta, narrador, crítico y editor. Desde 1986 radica en Cancún. Fue director de la Casa del Escritor de Cancún (1997-2004) y de la revista literaria tropo a la uña (primera época, 1998-2007). Es autor de los poemarios Destellos de mareas (Praxis, 2004) y El rostro que habitamos (2015) y del libro de cuentos Cada quien su paraíso (Letramar-CCL, 2014). Actualmente, coordina varios talleres de lectura y edita la revista literaria tropo (segunda época). Obtuvo en 2019 el Premio Internacional de Poesía Caribe-Isla Mujeres.

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2 comentarios

  1. Miguel Angel Meza, amante de las letras, maravilloso maestro y crítico certero realiza otra fabulosa reseña de el libro hipnótico de Serna

  2. La reseña de Miguel Meza es extraordinaria. Utiliza las palabras precisas para describir esta gran obra literaria. Estoy a la mitad del libro de Serna y ahora puedo terminar de leerlo con mayor deleite. ¡Gracias!

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