Diego Jemio

Diego Jemio

 

Por Diego Jemio

 

“Un AA podía sentirse aletargado después de unas horas alejado del Sol y empezar a preocuparse porque algo en él no funcionaba bien, pensar que tenía algún defecto que le afectaba en exclusiva y que, si se evidenciaba, jamás encontraría una casa. Ese era el motivo por el que poníamos tanto empeño en estar en el escaparate”.

En estas pocas líneas está el espíritu de “Klara y el Sol”, de Kazuo Ishiguro. Había gran expectativa sobre la novela porque es la primera editada después de que el japonés ganara el Premio Nobel de Literatura en 2017.

La novela (Anagrama, 2021) está escrita en primera persona por una AA (Amiga Artificial), que comienza sus días en el escaparate de una tienda. Y, finalmente, encuentra hospedaje en la casa de una niña llamada Josie. Klara, la AA en cuestión, está lejos de ser un robot como aquellos que conocimos por las películas. Ishiguro no se preocupa por decirnos cómo es su apariencia sino por hurgar en su forma de ver el mundo.

La AA, que vive en una familia de clase media alta, se hace algunas preguntas que nosotros, los seres humanos de a pie, no nos hacemos. ¿Por qué le tenemos tanto pánico a la soledad? ¿Qué es el amor? ¿Cómo sabemos si un amor es verdadero?

Además de una prosa hipnótica, Ishiguro acierta en la construcción de una obra de ciencia ficción que nos interpela desde la cercanía de sus criaturas. Por momentos, Klara es más humana que su dueña Josie, que debe programar “reuniones de interacción social” como una suerte de obligación. En algunas ocasiones, Josie parece vivir en un mundo aséptico, tan neutral y frío como el escaparate del que vino Klara.

Cuando la Academia Sueca decidió premiar al escritor con el Nobel, destacó un aspecto que vuelve con fuerza en esta novela: “Descubrió el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo a través de novelas de gran fuerza emocional”, dijo el jurado.

“Klara y el Sol” puede ser una novela fría por momentos. El mundo de Josie y el de su madre están cronometrados. Las dos están pendientes de su “rectángulo”, como llama Klara a las computadoras personales, y por algunos planes que no vale la pena detallar en este texto para no entorpecer la lectura.

En ese contexto, la AA llega como un espejo que refleja nuestra naturaleza más humana -o deshumanizada-, según el caso. La pasión de Klara por el Sol, como fuente de vida -se recarga con energía solar- y nutrientes. Y por el mundo exterior lo confirman. “A diferencia de la mayoría de los AA, yo siempre deseé ver más el exterior y verlo con todo detalle”, dice en un pasaje de la novela. En otro, se permite hablar del corazón humano, pero no del órgano físico. “¿Crees que existe tal cosa? ¿Algo que hace que cada uno de nosotros seamos especiales e individuales?”.

Fabulosa parábola de nuestro mundo, “Klara y el Sol” cala hondo en lo que somos y en lo que queremos ser. Lanza preguntas perturbadoras que caen como dardos. Hay una que queda flotando después de la lectura y de compartir los días con una AA. ¿Qué somos y qué nos convierte en seres humanos?

 

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Diego JemioDiego Jemio es periodista, docente y podcaster. Trabajó en los diarios El Siglo y La Gaceta de Tucumán. Actualmente, colabora en Clarín, Todo Teatro, BBC y otros medios de Argentina y el exterior. Participó del libro “Crónicas de acá, primera antología de periodismo narrativo de Tucumán”. Dicta talleres de escritura, producción de podcast y literatura epistolar. Es cocreador de los podcasts de viajes Bitácora y de cartas Epistolar.

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