Reseña

Reseña | La Distancia que (no) nos une, por Mauro Barea

 

Por Mauro Barea

 

El pasado 22 de enero David Anuar, poeta y dramaturgo cancunense presentó de manera virtual su obra Distancia a través de una dinámica que le vino a medida: la plataforma Zoom nos hizo partícipes —a mí por vez primera— de una puesta en escena que pude presenciar a través de la pantalla de mi computadora. Y digo que es una obra a medida, corte por corte, encaje por encaje, porque versa sobre los efectos de esta pandemia de coronavirus que han permeado en diferentes estratos sociales, efectos que hoy no dejan indiferente a nadie. ¿Y la mejor forma de presentarlo? Las cámaras encendidas de los propios dispositivos electrónicos, por supuesto. Nada mejor para poder deslizarnos en la habitación donde se suele ser uno mismo, un espacio que, aunque limitado por el encuadre de la cámara solemos encontrar pistas regadas por el piso y los muebles que nos conducen a un yo real, no al yo que se conecta y sonríe en una junta de trabajo, en un aula virtual, en los saludos de Navidad.

Distancia

Los personajes de Anuar, excelentemente casteados, lograron que sus deseos y frustraciones calaran a través de mi fría pantalla; los actores verdaderamente vivían las frases impresas por el dramaturgo en sus múltiples rangos anímicos: el Maestro que ha quedado obsoleto, estancado y absorbido por la burocracia y la vorágine tecnológica. Y claro, receptor en un momento clave de la vasta lírica del dramaturgo, un mensaje de silencio que paradójicamente resuena; Él y Ella, la pareja heterosexual que termina de conocerse (realmente) las veinticuatro horas al día dentro de cuatro paredes; el Ser-silla, Ser-pantalla que abre la obra y nos mete de lleno en la problemática, ente que muta en la curvatura de la silla, preso de la virtualidad que se nos ha impuesto con el Covid; y por último, Elle, jovencit(e) no binario que comienza a transmitirnos mensajes crípticos de una comunidad que se integra con el viento en contra a una sociedad que no termina de evolucionar y en la que, al estar adelantad(e) a ella en estos tiempos, tiene que cubrirse con su capuchón del rompevientos y unas gafas enormes para paliar la frustración velada por la pandemia y su propia condición no binaria, además de la consabida ignorancia de esta sociedad para tratarle. Creo que por eso fue el personaje que me punctuó, emulando a Barthes en su Cámara lúcida. Elle me hiere a través de este punctum, ese desgarrón, experiencia personalísima que todavía puedo ver en mi pantalla. Me recuerda que, a diferencia de la tecnología, yo sí que me voy quedando obsoleto en el cambiar las es por las as u os, en saber que ya no solo somos el mundo de Él y Ella donde nos educaron, tanto en el seno familiar como en el escolar público (incluso puedo recordar las pueriles ilustraciones de mis libros de Ciencias Naturales con el dimorfismo sexual explicado). Distancia nos entrega un personaje tridimensional, al que puedo aferrarme y entender, incluso comprender en estos tiempos de cambio. Bien dijo un buen amigo, Antonio Tocornal: «la historia contemporánea se está escribiendo a cada momento».

Distancia

Al terminar la obra y poder analizarla en el recuerdo inmediato, comprendí que David Anuar se había embarcado en un proyecto dramatúrgico de alto riesgo, al menos conmigo: estoy harto —creo que estoy harto desde la primera semana— de que me pongan en pantalla algo que vivo a mi alrededor de una forma invasiva, negativa y que suelo evadirla escapando lo más rápido posible a otros mundos, universos ajenos a la pesadez de una espera que se prolonga, de contagiarse, del recordatorio permanente de un virus caminando ahí abajo, en las calles de mi barrio. La sobresaturación de los medios, noticieros, programas e iniciativas positivas de motivación como aplausos en los balcones y canciones —estos artificios son los que más me irritan ya que intentan sustentar y justificar una sociedad benevolente y esperanzada que no existe per se— me inclinan por sistema a evitar la temática que escogió David Anuar para su ópera prima. DistanciaSin embargo, su guion y lírica trasladados a las actuaciones, la potente producción de video de Fabián Sosa y la acertada dirección de Paola Koot en las transiciones de las acciones, todo condujo a que la Distancia se redujera e hizo que me involucrara casi desde el primer acto, siguiendo atentamente las situaciones que, dependiendo del espectro en que se presentan, funcionan en una suerte de cóctel catártico: todos somos en mayor medida Don Obsoleto, Él, Ella, el Presentador-Ser-silla, incluso Elle con la fuerza de su juventud encarnada en la frustración, en la displicencia, en su capuchón morado, en las gafas enormes, en sus ambiciones tiktokeras.

En resumen, si escuchan que se presentará esta obra (porque espero más funciones), no lo duden y vivan la experiencia. Enhorabuena a todo el equipo y al teatro El Milagro, que acogió el proyecto. Enhorabuena, David, por tu ópera prima. Puedes estar satisfecho.

 

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Mauro Barea (Cancún, 1981). Estudió la Maestría en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid y consultor del documental sobre Gonzalo Guerrero Entre dos mundos. Actualmente colabora en las revistas Relatos sin contrato (España) Bitácora de vuelos (México) y escribe la columna Mexicano en Gades para el periódico El Castillo de San Fernando (Cádiz). Correo electrónico del autor: bareagm@gmail.com

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1 comentario

  1. Excelentes textos y autores. El concepto, temas y calidad de primera nos hacen querer leer más. Enhorabuena.

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